El libro, cimiento de la civilización

“El libro es el cimiento de la civilización”. Esta contundente afirmación fue formulada en 1893 por Francisco Cabrera Rodríguez, bibliotecario de El Museo Canario. Sí… han leído bien: hace 125 años, aquel maestro de “primeras letras” que era, a su vez, responsable de la biblioteca de la Sociedad Científica, concebía el libro como el motor del progreso, sosteniendo, además, que las bibliotecas podían considerarse “…el más precioso comprobante de la cultura de un pueblo”. Sin duda, estas palabras hoy deberíamos hacerlas nuestras y revitalizarlas, sobre todo si tenemos en cuenta que, según las últimas estadísticas bibliotecarias –correspondientes a 2016–, Canarias se sitúa a la cola del Estado en cuanto al aprovechamiento de estos servicios. Confiamos en que la próxima entrada en vigor de la nueva Ley de Bibliotecas de Canarias contribuya a paliar esta desfavorable situación.

Pero hoy, proponemos celebrar el Día Internacional del Libro bajo el signo del optimismo recordando a uno de los hombres que más contribuyó, en el tránsito del siglo XIX al XX, tanto a la organización y crecimiento de la biblioteca de El Museo Canario, como a la difusión del libro en la capital grancanaria. Porque no hay que olvidar que la biblioteca de El Museo Canario, a pesar de su naturaleza privada, siempre ha tenido una vocación pública. Esta orientación aperturista tuvo en Francisco Cabrera uno de sus máximos defensores. Sólo abriendo las puertas de las bibliotecas podía divulgarse la lectura. Sólo de esta forma todos, sin distinción, podrían tener acceso a la cultura.

Biblioteca de El Museo Canario (ES 35001 AMC-CFH-001074)

El maestro Francisco Cabrera Rodríguez comenzó su relación con El Museo Canario a los pocos meses de su fundación. Así, en 1880 ya figura como socio, llegando a ser considerado, por la temprana fecha de su adhesión, uno de los fundadores de la institución. Siete años después ingresó en la junta directiva, primero como vocal (1887-1892) y, a partir de 1893, ocupando de manera oficial el puesto directivo de bibliotecario, ocupación en la que se mantuvo de manera inamovible hasta el momento de su fallecimiento, acaecido en abril de 1912. Durante los 19 años que permaneció al frente de la biblioteca del museo confeccionó uno de sus primeros inventarios bibliográficos. Éste en 1893 contaba con 2.245 registros, pasando en 1900, bajo su tutela, a alcanzar los 7.000. Pero también fue el responsable de la redacción entre 1901 y 1902 del inventario de la biblioteca de Gregorio Chil y Naranjo, realizado tras el fallecimiento del que fuera fundador y primer director de la Sociedad Científica. En este último repertorio fueron relacionados 7.500 volúmenes, libros que pasaron a engrosar la colección institucional. De este modo, al iniciarse el siglo XX, la biblioteca de El Museo Canario estaba integrada por casi 15.000 ejemplares, obras que quedaron a disposición de toda la población. Porque, como ya hemos señalado, desde su fundación –y hasta el momento presente–, fue ésta una biblioteca abierta a toda la ciudadanía, contribuyendo así el museo a difundir la lectura y la cultura en una época en la que, no hay que olvidarlo, no abundaba este tipo de servicios.

Pero su trabajo al frente de la biblioteca no sólo está relacionado con su crecimiento. La correcta instalación de los libros se convirtió en uno de sus objetivos. A pesar de que no contaba con formación bibliotecaria específica, pronto supo comprender que para tener una verdadera biblioteca no bastaba con reunir, sino que era necesario contar con un local adecuado en el que los libros pudieran ser debidamente organizados y conservados. A esa tarea dedicó parte su tiempo, adecuando el antiguo salón-biblioteca de la antigua vivienda del dr. Chil para su nuevo uso como biblioteca de la Sociedad.

No podemos concluir estas breves pinceladas sobre el trabajo desarrollado por Cabrera Rodríguez –cuyo nombre titula uno de los espacios bibliotecarios de El Museo Canario-, sin transcribir el párrafo final de la memoria que presentó a la junta directiva de el museo en mayo de 1893. En este fragmento se puede apreciar, mejor que a través de cualquier documentada interpretación, su temprana sensibilidad hacia el mundo del libro y las bibliotecas, su deseo de divulgar la cultura y su convencimiento de la necesidad de potenciar la lectura:

“Una buena biblioteca es uno de los principales elementos de la instrucción del pueblo en nuestros días y acaso el que contribuye más eficazmente a la propagación de los conocimientos humanos. Si la Biblioteca es el depósito sagrado de la civilización, como el periódico es el propagador constante de las ideas; si contamos con un crecido número de obras, folletos y escritos debidos a la generosidad e ilustración de verdaderos patricios, hora es que los amigos y amantes del progreso literario comiencen con mayor entusiasmo y perseverancia la gran lucha por la idea. Hora es ya de desplegar la bandera literaria convencidos de que el libro es el cimiento de la civilización, la vida de los pueblos, la mejora de la Sociedad y el porvenir de la patria. Trabajamos porque nuestra clase obrera abra los brazos al libro redentor: trabajamos para que adquieran hábitos de pensar y de leer a fin de que pueda darse cuenta de su destino; porque pretender prodigios de venturas y mágicos frutos de bienestar; pretender perfeccionamiento y riquezas y poderío y grandezas pensando tan solo en el progreso material, olvidando el intelectual y moral y dejándola sumida en la ignorancia para que sea juguete de los más osados, es dejar que se desarrollen las pasiones populares que tarde o temprano no podrán menos de producir espantosas catástrofes. En una palabra, trabajemos para que nadie al visitar nuestra populosa y queridísima ciudad se marche entristecido, exclamando: ¡Aquí no hay Biblioteca!”

Ha transcurrido más de un siglo desde que fue escrito este texto. Hoy, con toda probabilidad Francisco Cabrera nos felicitaría porque, afortunadamente, en Las Palmas de Gran Canaria ¡hay bibliotecas! En efecto, una parte del camino está ya recorrido. Ahora hay que trabajar para que este valioso recurso de sus frutos, y para que aquella negativa estadística con la que iniciábamos este texto sea felizmente transformada y el libro continúe siendo “…el cimiento de la civilización…”, ya sea como sólida base de papel o como intangible código disuelto en el espacio digital.


Acerca de Fernando Betancor Pérez

Archivero (El Museo Canario), Licenciado en Documentación (UC3M), Especialista Universitario en Archivística (UNED), Licenciado en Geografía e Historia (ULL) Publicaciones
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