100 años de la Escuela Luján Pérez (II): Reglas provisionales por la que debe regirse la Escuela

Siguiendo con la conmemoración del centenario de la puesta en marcha de la Escuela Luján Pérez (1918-2018), nos detenemos hoy en un díptico en el que fue inserto el plan por el que debía regirse el centro artístico en su primer año de andadura. Es éste un impreso de gran valor documental conservado en el archivo de El Museo Canario formando parte de la Colección Domingo Doreste “fray Lesco”.

En el díptico, impreso en 1917, fueron plasmadas las bases fundamentales sobre las que se sustentó la organización de la Escuela durante aquellos momentos en los que iniciaba su andadura. Teniendo en cuenta que, tal como nos informó Juan Rodríguez Doreste en su estudio sobre la Escuela (Revista El Museo Canario, N. 75-76, 1960), gran parte de la masa documental generada por el centro docente en estos años desapareció en un incendio, los datos que nos ofrece este suelto impreso son de un valor extraordinario.

A través de este excepcional testimonio documental, conocemos cuáles fueron las asignaturas impartidas en el curso inaugural: dibujo lineal y geométrico, dibujo artístico y modelado. Desde entonces, estas tres materias se considerarían fundamentales en la formación de los alumnos y, de hecho, se mantendrían de manera permanente en los programas de estudios sucesivos. Asimismo, no hay que olvidar que ya en “Los decoradores del mañana” -artículo programático publicado en el periódico “La mañana” (5 de junio de 1917)-, Doreste defendió la creación de un “…taller de dibujo y modelado…” a través del cual los alumnos obtuvieran un “…progreso sorprendente…”. Sin embargo, es preciso subrayar que frente al carácter alterno de las asignaturas de dibujo, el hecho de que las de modelado fueran diarias, revela una cierta vocación hacia la expresión escultórica por parte de los organizadores del nuevo centro artístico. De hecho, con posterioridad la talla en madera se convertiría en una de las expresiones plásticas más relevantes en el Centro.Por otro lado, a tenor de lo que se indica en el impreso del que nos ocupamos, los alumnos eran casi unos niños cuando ingresaban en la Escuela, ya que podían acceder a partir de los 12 años. La costumbre de matricularse a una temprana edad va a ser una constante a lo largo del tiempo. Algunos de los artistas más célebres de la primera época de la Escuela, cuando su sede se hallaba en la calle García Tello (Las Palmas de Gran Canaria), formalizarían su matrícula al comienzo de la adolescencia. Así, Eduardo Gregorio (1903-1974) y Plácido Fleitas (1915-1972) se inscribirían con 14 años;  Felo Monzón (1910-1989) comenzaría sus estudios a los 15; mientras que, Jorge Oramas (1911-1935) y Jesús González Arencibia (1910-1993) lo harían, a una edad algo más avanzada, cuando contaban con 18 y 19 años respectivamente. Pero, sin duda, Emilio Padrón (1917-1992) -que con el paso del tiempo se convertiría en profesor de talla en madera-, al convertirse en alumno a los 12 años, fue uno de los que entró a la edad más temprana. Como podemos comprobar, según las reglas insertas en este díptico, era esa -12 años-,  la edad mínima para poder comenzar los estudios en la Escuela.

Finalmente, el resto de las normas establecidas estaban relacionadas con el fomento de la responsabilidad entre los alumnos. La puntualidad, la compostura, el silencio, el respeto y la obligatoria asistencia se convirtieron en los valores fundamentales a potenciar entre aquellos jóvenes artistas en ciernes. En esta misma línea fue desarrollada la última regla: la cuota. Pagar por asistir a la escuela se convirtió, además de en una fuente de ingresos para una institución que siempre padeció problemas económicos, en un método pedagógico mediante el cual los alumnos aprendían a respetar a sus profesores. No se trataba de un juego, sino de aprender los rudimentos del arte. El proceso de enseñanza-aprendizaje había que tomárselo en serio y el establecimiento de una cuota fue una manera de que los alumnos valoraran de manera adecuada tanto su trabajo como el de sus profesores y apreciaran, en su justa medida, la oportunidad que se les brindaba de convertirse en verdaderos artistas.

Nos hallamos ante un documento muy breve, pero no por ello carente de interés. Como hemos apuntado con anterioridad, el hecho de que no se cuente con gran cantidad de información con la que reconstruir la etapa fundacional de la Escuela, convierte a este díptico en una fuente de gran valor para la reconstrucción de los primeros años de andadura de la centenaria institución.


 

Otras entradas sobre la Escuela Luján Pérez: 100 años de la Escuela Luján Pérez (I): primer libro de contabilidad.


 

Acerca de Fernando Betancor Pérez

Archivero (El Museo Canario), Licenciado en Documentación (UC3M), Especialista Universitario en Archivística (UNED), Licenciado en Geografía e Historia (ULL) Publicaciones
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