Libros y lectores ante la Inquisición. Los libros prohibidos

Hoy, día 23 de abril, celebramos el Día Mundial del libro, conmemoración instituida de manera oficial en 1995 por la UNESCO con el objetivo de fomentar la lectura y proteger los derechos de autor. En la actualidad, leer se ha convertido en una de las actividades intelectuales –y también placenteras– más generalizadas entre la población. Hoy todos podemos leer y, además, podemos leerlo todo con la única limitación que cada uno nos autoimpongamos: gustos, preferencias, barreras lingüísticas, fobias y tabúes personales, prejuicios, etc. Sin embargo, hubo otro tiempo en que la realidad era muy diferente: no todos podían leer y tampoco todo se podía leer.

Porque…  controlar la lectura y lo escrito, y  vigilar la difusión de las ideas contenidas en los libros que fueran susceptibles de tambalear los cimientos en los que se sustentaba la convivencia, se convirtió en otras etapas de la historia en uno de los objetivos prioritarios del Estado. Así, en diferentes épocas y en los más diversos espacios geográficos, el control de la lectura y la censura se contaron entre los mecanismos básicos a través de los que mantener inamovible el estado de las cosas. De esta forma, se reconocía el poder de lo escrito y el poder de los libros.

 La lectura bajo el control de la Inquisición: el poder de los libros

En los territorios hispanos desde mediados del siglo XVI, y lo largo del Antiguo Régimen, el Santo Oficio fue la institución censora por excelencia. La lucha contra la “…herética pravedad y la apostasía…” requería, sin duda, la puesta en marcha de mecanismos y procedimientos dirigidos a ejercer el control sobre todos los ámbitos de la vida de los hombres y mujeres que habitaban en los territorios que se hallaban bajo su jurisdicción. Tal como afirmó Bartolomé Benassar, en una entrevista ofrecida al periódico El país en noviembre de 1979, la Inquisición fue “…una fuerza de control social y político…” al dar forma a un “…modelo social, religioso y sexual…” a partir de la defensa del orden establecido. Velar por la ortodoxia de las creencias religiosas fue el pilar básico a partir del que construir ese modelo. Pero, además, los ministros inquisitoriales se convirtieron también en centinelas de la pureza de la sangre y en verdaderos vigilantes del mar, ya que a través de los puertos se facilitaba  la entrada de nuevas ideologías. Nada quedaba al margen del Santo Oficio. Nada escapaba a su inflexible criterio y, conocedores del poder que tenían los libros y los manuscritos como portadores y transmisores de ideas, también se erigieron en activos celadores de la rectitud en la lectura. Escritores –clásicos y contemporáneos, religiosos y laicos-, lectores, libros de toda naturaleza e índole –desde el Lazarillo de Tormes hasta una Novena a la Virgen del Pino pasando por la Enciclopedia francesa– libreros, propietarios de bibliotecas particulares, etc. nada quedaba al margen de su escrutadora mirada.

La censura represiva

Era la de la lectura una esfera de control ejercida por el Santo Oficio desde el ámbito de la censura represiva. Así, una vez que las obras estaban ya publicadas se establecía qué libros podían ser leídos, prohibiendo “in totum” los más escandalosos y, en otros casos, censurando o “tachando” solo los fragmentos que contenían faltas parciales.  En el archivo de la Inquisición de Canarias, conservado en El Museo Canario, contamos con un ejemplo muy gráfico de esta última forma de censura parcial. Así, en 1781 los calificadores –ministros que se encargaban de estudiar y calificar las obras–, analizaron unos Elogios al Señor San Miguel Arcángel (ES 35001 AMC/INQ CLIX-17). Tras el examen de este librito religioso, publicado en Sevilla por el  impresor Francisco de Leesdael, la Inquisición llegó a la conclusión de que era necesario reprobar algunos fragmentos, conservándose en el expediente un ejemplar de la novena en el que son evidentes las “tachas” introducidas por los censores.

Elogios al Señor San Miguel Arcángel
(ES 35001 AMC/INQ CLIX-17, Inquisición de Canarias, El Museo Canario)

 

 

 

 

 

 

 

Los edictos de libros prohibidos

El control ejercido por el Santo Oficio tuvo en los edictos de libros prohibidos uno de los  instrumentos de acción más relevante. Estos documentos, de los que conservamos unos cuarenta ejemplares en el archivo de El Museo Canario, eran generados por los inquisidores y sobresalía en ellos su carácter imperativo. Tras su lectura en la misa dominical, se fijaban en las puertas de los templos. Desde ese instante se hacía oficial la orden en ellos contenida: prohibición y expurgación de las obras literarias, científicas, políticas, religiosas o filosóficas reseñadas en las que se consideraban vulnerados los preceptos de la fe o se atentaba contra la estabilidad del poder político establecido. Entre los documentos de este tipo, preferentemente producidos en el siglo XVIII, destacamos el fechado en 1756. En él fue censurada, entre otros muchas obras, la titulada “Examen de El Príncipe de Maquiavelo”, escrita por  Amelot de la Houssaye (1634-1706), por contener inserta en el mismo la obra examinada, cuyo autor, Maquiavelo, era calificado de “impío”.

Edicto de libros prohibidos (1756) (ES 35001 AMC/INQ 298.025 , Inquisición de Canarias, El Museo Canario)
Prohibición de la obra “Examen de El Príncipe“, de Maquiavelo”

Además, en el texto prohibido, no sólo se incluían proposiciones erróneas desde el punto de vista religioso, sino que se localizaron injurias contra la “…Nación española…”, lo que revela que también los asuntos políticos estaban en el punto de mira del Santo Oficio.

Diario general de Francia
(ES 35001 AMC/INQ/CB S2-T38)

Este hecho quedó corroborado en 1789, año en que el tribunal requisó en los puertos de Fuerteventura y Lanzarote las copias manuscritas del “Diario general de Francia”, texto en el que el abate Sieyès, secretario de la Asamblea Nacional de Francia, exponía y reconocía los derechos del hombre (Archivo de la Inquisición, Colección Bute). Es esta una muestra de cómo los puertos de las islas se convertían en la puerta a través de la que se introducían libros y escritos cuyo contenido era contrario al orden establecido y que, por lo tanto, había que combatir y prohibir para evitar así su difusión entre la población. El destino final de esos escritos no era otro que América, si bien la actuación censora del tribunal canario eliminó cualquier posibilidad de que arribaran al continente americano.

Los índices de libros prohibidos

Si los edictos constituían uno de los instrumentos clave a través de los ejercer el control de la lectura, no menos importantes en este mismo sentido eran los ¨Índices” o “Expurgatorios”, extensos catálogos de libros vetados a los lectores. El primer índice de libros prohibidos fue publicado en el siglo XVI, siendo reeditado en numerosas ocasiones con posterioridad, actualizándose cada versión con las nuevas censuras. En esos volúmenes se incluía no sólo la relación de libros  y manuscritos que eran objeto de prohibición, sino también una serie de reglas a través de las que se explicaban las razones para su expurgo (libros anónimos, libros de herejes protestantes, libros lascivos, libros de magia, etc.), así como advertencias y órdenes dirigidas a los lectores y distribuidores de obras (mandato de realizar inventarios, orden de no imprimir ni importar libros de autores condenados, etc.).

Índice de libros prohibidos (1790)
Biblioteca de El Museo Canario

En El Museo Canario conservamos el último “Índice” publicado, el correspondiente a 1790, entre cuyas páginas podemos encontrar la prohibición desde textos políticos, como la Enciclopedia francesa, hasta impresos religiosos, como la Novena a la Virgen del Pino escrita por Diego Álvarez de Silva (1755), pasando por volúmenes filosóficos de escritores franceses del siglo de las luces. Estos repertorios no sólo eran un instrumento de trabajo para los inquisidores y calificadores, sino que también los libreros e impresores debían contar con un ejemplar con la finalidad de no distribuir o editar textos que hubieran sido objeto de tacha.

Los libreros en el punto de mira

Por lo tanto, tampoco los libreros quedaron al margen de los ataques de la censura. Contamos con un ejemplo de ello en Gran Canaria a principios del siglo XVIII. En 1708 se procedió al nombramiento de Alonso de Carriazo, canónigo de la Catedral de Canarias, como revisor de librerías públicas, hallándose entre sus competencias visitar los establecimientos y reconocer y expurgar los libros que así lo requirieran a partir de los índices expurgatorios. Los inquisidores reconocían, en una providencia dictada en 1756, que los libreros vendían “…por malisia o ignorancia muchos libros de los prohibidos…”, comportamiento que trataron de evitar incrementando la vigilancia.

A pesar del celo ejercido por estos revisores, lo cierto es que en múltiples ocasiones los libros prohibidos llegaban a manos de los lectores, hecho que demuestra que el control no siempre era efectivo y que, en ocasiones, las ideas que se trataban de silenciar no podían ser cercenadas y conseguían llegar a la población. De ahí los más de cuarenta procesos por tenencia de libros prohibidos que fueron conocidos por el tribunal canario, entre los que destacamos el incoado contra del Cristóbal del Hoyo-Solorzano Sotomayor, vizconde del Buen Paso, escritor y poseedor de una gran biblioteca; el conocido contra Fernando Molina Quesada, colaborador del historiador y literarto José de Viera y Clavijo; el proceso abierto contra el flamenco Hans de Avontroot, acusado de publicar un libro contra la fe; o la información iniciada ante el hallazgo de un grimorio o libro de magia en el siglo XVI.

Expediente contra Fernando Molina Quesada… por retener y leer libros prohibidos (1788)
(ES 35001 AMC/INQ 080.010, Inquisición de Canarias, El Museo Canario)

Fragmento del proceso en el que se acusa a Fernando Molina de poseer la obra “Cándido o el optimismo”, de Voltaire, así como otras obras del autor francés.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En definitiva, a lo largo del Antiguo Régimen los libros eran considerados armas muy peligrosas a través de las que se podía poner en peligro el orden establecido. Las autoridades, que no iban muy desencaminadas, consideraban que los libros llevaban al conocimiento del otro y de otras formas de vida y, además,  eran portadores de nuevas ideas y constituían una herramienta a través de la que fomentar la reflexión y la confrontación. Además, a través de sus páginas los lectores podían evadirse a otros mundos y disfrutar imaginando otras realidades. Todo aquello que, en otro tiempo se consideró peligroso,  supone desde nuestra óptica actual el gran valor del libro. Leamos, aprendamos, disfrutemos y seamos libres con la lectura. Ahora podemos hacerlo sin cortapisas.

¡Feliz día del libro!


Si quieres saber más…

ARANDA-MENDÍAZ, Manuel: “Censura inquisitorial en Canarias en el siglo de las luces”. Revista de la Inquisición, nº 8,  1999, pp. 33-42
ARANDA-MENDÍAZ, Manuel: El Tribunal de la Inquisición en Canarias durante el reinado de Carlos III. Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, 2000
ARBURU BARTUREN, Mª Begoña : “La fortuna de Maquiavelo en España: las primeras traducciones manuscritas y editadas de Il Principe“. INGENIUM, Revista de Historia del pensamiento moderno, nº 7, 2013
FAJARDO SPÍNOLA, Francisco: Las víctimas del Santo Oficio. Tres siglos de actividad de la Inquisición de Canarias. Gobierno de Canarias, UNED, 2003
GACTO FERNÁNDEZ, Enrique: “Sobre la censura literaria en el siglo XVII: Cervantes, Quevedo y la Inquisición“. Revista de la Inquisición, nº 1,  1991, pp. 11-61
GONZÁLEZ DE CHAVEZ, Jesús: “El proceso inquisitorial del vizconde del Buen Paso”. En Trienio.Ilustración y Liberalismo, nº 5, 1985, pp. 53-81
HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Manuel: “Inquisición y difusión de las ideas revolucionarias francesas en Canarias y Venezuela: el proceso del artesano francés Luis Hardovime“. En XVI Coloquio de Historia Canario-Americana (2004), 2006, pp. 199-212
LAHOZ FINESTRES, José Mª.: “Inquisición y revolución francesa en Canarias”. En: ESCUDERO, José A. (ed.): Intolerancia e Inquisición, tomo II, 2005,  pp. 421-446
LAMB, Úrsula: “La Inquisición de Canarias y un libro de magia del siglo XVI“. El Museo Canario, nº 85-88, 1963, pp. 113-144
LOBO CABRERA, Manuel: “Libros y lectores en Canarias en el siglo XVI“. Anuarios de Estudios Atlánticos, nº 28, 1982, pp. 643-704
LUXÁN MELÉNDEZ, Santiago de: “Lectores de libros prohibidos en Canarias a fines del siglo XVIII“. Almogaren, 1991, pp. 37-52
MARTÍNEZ DE BUJANDA, Jesús: El índice de libros prohibidos y expurgados de la Inquisición española (1551-1819). Evolución y contenido. Biblioteca de Autores Cristianos, 2016.
MILLARES CARLO, Agustín: “Algunas noticias y documentos referentes a Juan Bartolomé Avontroot“. El Museo Canario, año III, nº 5, pp. 1-26
PINO ABAD, Miguel: “El control inquisitorial de la prensa revolucionaria francesa: algunos ejemplos de ineficacia“. Revista de la Inquisición, nº 11,  2005, pp. 131-149

Acerca de Archivo de El Museo Canario

El Museo Canario (Las Palmas de Gran Canaria, Canarias, España) C/ Dr. Verneau, 2 (35001, Las Palmas de Gran Canaria)
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