Memoria de otras epidemias en Canarias

Luis Regueira Benítez, bibliotecario de El Museo Canario
Artículo publicado en el periódico Canarias 7 el 11 de mayo de 2020

A lo largo de la historia han sido muchas las situaciones en las que la población se ha visto afectada por emergencias sanitarias. Algunas enfermedades a las que hoy restamos importancia, como es el caso de la gripe común, y otras que en la actualidad están prácticamente erradicadas, como el sarampión, provocaron en otros tiempos epidemias terriblemente mortíferas. El estudio de estas emergencias desde los puntos de vista histórico, médico y sociológico puede servirnos para afrontar de la mejor manera la nueva realidad provocada por la COVID-19 y para prevenir epidemias futuras, y para ello es fundamental que la documentación histórica permanezca convenientemente conservada en archivos y bibliotecas y que se encuentre a disposición de los investigadores de todas las ramas.

El Museo Canario es un ejemplo de ello. A través de sus colecciones documentales es posible repasar la historia de las epidemias que asolaron el archipiélago canario desde el momento en que sus naturales entraron en contacto con los primeros contingentes de población europea, lo que supuso la exposición a enfermedades para las que no tenían defensas. En los siglos siguientes, las deficientes condiciones higiénicas en todas las capas de la sociedad, la miseria de las clases más desfavorecidas y la malnutrición fueron causas que propiciaron la propagación de sucesivas enfermedades infecciosas en ciudades de todo el mundo, pero fue el incremento incesante del tráfico marítimo el responsable de que estas epidemias comenzaran a saltar los muros de las ciudades y se extendieran por poblaciones portuarias muy alejadas entre sí. La situación geográfica de las islas Canarias, convertidas en nudo de comunicación intercontinental, fue clave para que muchas de estas enfermedades se cebaran sobre la población insular.

Las huellas de las epidemias del pasado han quedado marcadas en cada una de las grandes secciones del Centro de Documentación de El Museo Canario. Las más antiguas quedaron registradas en los textos de los primeros cronistas e historiadores y en documentos civiles y eclesiásticos que se conservan en el archivo de esta institución o en colecciones documentales de otras entidades. Las más modernas, que abarcan hasta bien entrado el siglo XX, pueden rastrearse en los periódicos de la hemeroteca, donde los historiadores del futuro podrán repasar también la prensa editada durante la actual pandemia. Y todas ellas, antiguas y modernas, están registradas en los libros de la biblioteca, no solo en los editados en los siglos anteriores sino también, y sobre todo, en los escritos por historiadores que se han ocupado de la historia de la medicina: Gregorio Chil, Juan Bosch Millares, María José Betancor o Conrado Rodríguez Maffiotte son buenos ejemplos de ello.

“Estado que se levanta para tener una noticia de la invacion del Colera-morbo en los Pueblos de Gran Canª en el año 1851., demostrando el numero de victimas, con nota de la Poblacion de la Ysla”.
Archivo de El Museo Canario (ES 35001 AMC/GCh-1552)

Siguiendo todas estas fuentes podemos hacer un rápido repaso de las enfermedades infecciosas y los episodios epidémicos más significativos que han sufrido las islas. Este repaso ha de comenzar en una fecha indeterminada del siglo XIV, cuando se registró una epidemia que afectó a los aborígenes de Gran Canaria al entrar en contacto con los primeros monjes mallorquines. Los pocos datos históricos que existen sobre este episodio nos impiden determinar si fue una epidemia de peste o de gripe ni tampoco el alcance de su morbilidad.

Nuestra primera epidemia bien documentada, conocida como “modorra” o “moquillo”, fue una gripe que se produjo en Tenerife entre 1494 y 1495, responsable directa de la muerte de unos 4000 guanches de Tegueste, Tacoronte y Taoro. Esta gran mortandad supuso un importante giro en el proceso de conquista de la isla, puesto que cambió las tornas en favor de los conquistadores, a quienes la enfermedad no afectó. Poco antes los aborígenes habían logrado una victoria sobre los castellanos en la primera de las batallas de Acentejo, pero después, en plena epidemia, con los guanches mermados y enfermos, los bandos volvieron a enfrentarse y en esta ocasión fueron los soldados de Castilla los que vencieron.

Del origen y milagros de la Santa Imagen de Nuestra Señora de Candelaria…, por Alonso de Espinosa (1593).
Biblioteca de El Museo Canario

Alonso de Espinosa, apenas unas décadas después, apuntó a la descomposición de los cadáveres de la primera batalla como la causa de la infección, una apreciación que, aunque errónea, revela cierta conciencia sanitaria en unos tiempos en los que las enfermedades contagiosas eran una amenaza permanente.

El siglo siguiente estuvo marcado también por la incidencia de las enfermedades infecciosas. Juan Bosch resalta que las primeras enfermedades de este tipo, que se extendieron inmediatamente después de la conquista de las islas, fueron la peste, la lepra y la sífilis, tres enfermedades que no se encuentran en los restos óseos de los antiguos canarios, como pudo comprobar este especialista en las colecciones de El Museo Canario, pero que, de manera endémica o epidémica, se asentaron en Canarias con la llegada de los primeros navíos oceánicos desde Europa o desde América. En 1506, por ejemplo, la peste se instaló en las islas Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria. Como era habitual en estos casos, se restringió el tráfico marítimo para evitar la expansión, lo que no impidió que surgiera un brote también en Tenerife, circunscrito a los montes de Anaga.

De hecho, las epidemias de peste bubónica y neumónica fueron tan constantes en las islas en el primer tercio del siglo XVI que puede resultar difícil identificar cuándo terminaba una y comenzaba la siguiente. Entre 1512 y 1513 se extendió por el archipiélago la llamada “peste de Levante”, que venía asolando la península ibérica; a finales de la misma década volvió la enfermedad y se instaló en las islas hasta finales de la siguiente; en 1523 se achacaba a Londres el origen de esta modorra, y la mortalidad era tan alarmante en Las Palmas que las autoridades pusieron un plazo de un mes para quienes quisieran salir de la ciudad, autorizando cualquier desplazamiento tanto hacia otras poblaciones de Gran Canaria como hacia otras islas del obispado, es decir, del archipiélago, una medida que, lejos de contener la incidencia en la ciudad, contribuyó a la expansión; en 1524 las fuerzas militares de las islas estaban tan mermadas por la epidemia que no pudieron asistir a la defensa de Santa Cruz de Mar Pequeña, en las costas africanas, durante el asedio del cherif de Fez; en 1526, 1528 y 1529 la enfermedad repuntó en Gran Canaria, hasta el punto de provocar el traslado de la Audiencia a La Laguna.

La peste, modorra, muerte negra, o comoquiera que sucesivamente se titulara esta enfermedad, provocó dantescas escenas, con enfermos desatendidos, cadáveres abandonados, cementerios colapsados, miseria, carestía, emigración, fundamentalismo y otros efectos sociales, demográficos e ideológicos. También influyó en el desarrollo de las ciudades, y en Las Palmas de Gran Canaria, por ceñirnos a un ejemplo significativo, se crearon instalaciones como el hospital de San Lázaro, en los arenales de Santa Catalina, y la ermita de San Marcos (hoy de Los Reyes), donde la población pedía al santo titular su intercesión contra la peste. En el barrio de Vegueta, además, se suprimió el céntrico burdel municipal, considerado un foco de propagación de enfermedades a pesar de los obligatorios controles, para convertirlo en la ermita de la Vera Cruz.

Pasadas las primeras tres décadas del siglo, la peste disminuyó su incidencia en las islas, aunque nunca dejó de hacer sus periódicas apariciones. Sirva como ejemplo la mortífera epidemia de 1582, que causó la muerte de entre 5000 y 7000 personas en Tenerife, sobre todo en La Laguna y en Santa Cruz, y cuyo origen se identificó en unos tapices orientales llegados desde Flandes.

En cuanto a las medidas que tomaban las autoridades para contener estas epidemias, lo habitual era que se decretara la expulsión de las personas que vivían en la miseria, que debían abandonar sus ciudades sin que se les permitiera la entrada en otras poblaciones hasta que cumplieran una cuarentena de aislamiento, lo que propiciaba la instalación de campamentos extramuros en condiciones vitales e higiénicas incluso peores que las que ya padecían en sus vidas cotidianas. Las personas pudientes y privilegiadas también solían salir de las ciudades para instalarse en casas y haciendas rurales, lo que no impedía que llevaran consigo la enfermedad y que tuvieran que padecer sus síntomas y sus consecuencias, a menudo fatales, en sus lugares de retiro. Y en cuanto al comercio, la entrada y salida de personas y mercaderías era supervisada en los accesos a las poblaciones tanto por tierra como por mar. De hecho, el control de los puertos era fundamental, no tanto para acotar la expansión de una epidemia local como para evitar la llegada de afecciones externas, de manera que las noticias sobre la existencia de contagios en cualquier lugar del mundo suponían el veto a la llegada de cualquier navío que procediese de ese lugar.

Una violación de este veto fue, precisamente, la causa de que el siglo XVII se inaugurara en Canarias con una nueva epidemia. En 1601, dos barcos procedentes de Cádiz entraron en Tenerife por el puerto de Garachico e introdujeron la bacteria de la peste, que enseguida se extendió a Los Realejos, a Santa Cruz de Tenerife, y de ahí a Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote, en un proceso contagioso que permaneció activo hasta 1606. Sin embargo, a pesar de estos inicios, el nuevo siglo no resultó tan negro como el anterior en lo que se refiere a las enfermedades contagiosas, y habría que esperar hasta 1677 para que la peste volviera con fuerza a las islas. Es cierto que, entretanto, la población tuvo que lidiar con otras inclemencias de la historia, como la piratería, las plagas de langosta (con sus correspondientes hambrunas, como la de 1660-1662) o las sequías, pero las preocupaciones sanitarias tuvieron más que ver con enfermedades endémicas (lepra, sífilis…) y con la miseria y la falta de higiene, que con procesos epidémicos.

El siglo XVIII también se inauguró en las islas con una nueva epidemia, en este caso de fiebre amarilla importada desde La Habana. El virus, que provocaba el llamado “vómito negro”, se extendió por todo el archipiélago. Fue la misma enfermedad que, también desde las Antillas, habría de volver setenta años más tarde, en 1771, pero en esta ocasión la epidemia se agravaría a causa de la llegada de un regimiento militar desde las posesiones españolas de América.

No fue la fiebre amarilla la única epidemia padecida en las islas a lo largo del siglo. En 1721 consta un brote de alguna otra enfermedad contagiosa en la ciudad de Las Palmas, donde se organizaron rogativas en la catedral, y en 1741 se repitió un episodio similar en la misma población. En abril de 1789 hubo muchos casos de fiebres catarrales, y al año siguiente se sucedieron varias enfermedades epidémicas, como el pitiflor (que afectaba a los niños), calenturas pútridas, tabardillos, anginas, garrotejos y otras enfermedades, que en conjunto causaron una mortandad significativa. Estas enfermedades se extendieron en 1791, año particularmente frío, por todas las poblaciones del sector nororiental de Gran Canaria, tomando como centro la capital y llegando hasta Agüimes por la costa este, hasta Gáldar por la costa norte, y hasta Tejeda y Tirajana por el interior insular.

La peste, por su parte, había vuelto también en 1769, favorecida por la malnutrición y el hacinamiento de los sectores más desgraciados de la sociedad; y el mismo caldo de cultivo propició en 1781 la propagación de la malaria, llamada también “fiebres tercianas”, enfermedad que hizo su aparición en el otoño y que tendría una especial incidencia en las medianías de Gran Canaria a causa de las condiciones meteorológicas, que hicieron coincidir las lluvias con un persistente viento seco del este.

Diario cronológico-histórico, por Isidoro Romero Ceballos (siglo XVIII)
Archivo de El Museo Canario
(ES 35001 AMC/GCh-1594)

Sin embargo, la enfermedad más significativa del siglo XVIII no fue otra que la viruela, que en Canarias recaló en varias ocasiones a lo largo del siglo, como en 1759, en 1780 o en 1787. De todas estas incidencias, la más conocida es la segunda, de la que podemos leer muchos detalles en los diarios de Isidoro Romero y Ceballos que guarda el archivo de El Museo Canario. Así, sabemos que produjo una gran mortandad en Tenerife, desde donde dos infectados la llevaron involuntariamente a Gran Canaria en el mes de agosto.  En esta isla se asentó durante los tres meses siguientes, y fue una ocasión para experimentar la vacunación por medio de la inoculación de pus de afectados en pacientes sanos, una práctica que tuvo un éxito indiscutible a pesar de las reticencias religiosas de un significativo sector de la sociedad. En 1787, cuando volvió a aparecer la viruela en la capital insular, volvió a utilizarse el mismo tratamiento preventivo, aunque la enfermedad ya había matado a 118 personas antes de que la práctica comenzara a surtir efecto.

La lucha contra la viruela mediante vacuna llevada a cabo por España a partir de 1803 fue un referente mundial y aún hoy sigue siendo un ejemplo de la importancia de la vacunación masiva para acabar con las enfermedades infecciosas. La Expedición Filantrópica de la Vacuna de Francisco Javier Balmis hizo su primera parada, de hecho, en las islas Canarias, pues recaló en Tenerife el 10 de diciembre de aquel año. Esta vez contó con el apoyo del obispo Manuel Verdugo, lo que apaciguó las voces contrarias en el seno del catolicismo, de manera que el equipo de la expedición pudo estar un mes vacunando no solo a los habitantes de Tenerife, sino también a algunos niños de otras islas que servirían para salvaguardar la inmunidad y extenderla a todo el archipiélago. De esta forma se fue creando una inmunidad colectiva que, replicada en otros territorios de la corona a lo largo de todo el mundo, puso las bases para la erradicación total de la enfermedad, declarada oficialmente por la OMS el 8 de mayo de 1980.

Plegaria de Juan E. Doreste.
Archivo de El Museo Canario.

Para llegar a este momento histórico, las islas habrían de pasar aún por numerosas epidemias. El siglo XIX registra algunos episodios especialmente mortíferos, entre los que destacan la fiebre amarilla padecida en Tenerife en 1810-1811, que mató al 20 % de la población insular, y el cólera morbo que asoló Gran Canaria en 1851, sobre el que El Museo Canario conserva numerosos impresos estampados por Mariano Collina, el único impresor que trabajaba en Las Palmas en ese año. Se trata de episodios epidémicos muy estudiados por los historiadores y que sirven como ejemplos (no siempre positivos) de la reacción de las autoridades para controlar los movimientos sociales que pudieran contribuir a propagar las enfermedades. Conocidos son también algunos de los efectos que tuvieron en las islas los brotes epidémicos detectados en otros lugares del mundo, y en este sentido es un buen ejemplo la identificación del cólera en Londres a finales de 1841, que provocó, como efecto colateral, que no se permitiera el desembarco de los viajeros del Beagle cuando llegaron a Santa Cruz de Tenerife el 6 de enero de 1842. De esta manera, el naturalista Charles Darwin tuvo que renunciar a deseo declarado de hacer algunas exploraciones científicas en las islas.

Finalmente, el siglo XX pasó por las islas Canarias sin demasiadas complicaciones epidémicas. De hecho, la mal llamada gripe española, que asoló el mundo entre 1918 y 1919 coincidiendo con el final de la Primera Guerra Mundial, no es recordada en las islas como un episodio sanitario especialmente grave, puesto que el aislamiento geográfico contribuyó a que surtieran efecto las medidas de restricción del tráfico marítimo y la cuarentena impuesta a todo tipo de mercancías. Ninguna de las dos oleadas de esta mortífera pandemia de gripe, que segaron la vida de cien millones de personas según algunos cálculos, afectó gravemente a las islas. Sin embargo, su expansión por el mundo sí puede ser seguida por la prensa insular que se conserva en la hemeroteca de El Museo Canario, descrita con el recelo de su amenaza pero sin la desesperación con la que quedó plasmado, por poner un ejemplo extremadamente trágico, el cólera de 1851.

A la memoria de las epidemias que han visitado las islas Canarias desde que se tienen registros escritos se suma ahora la COVID-19, provocada por un coronavirus especialmente contagioso pero que, por suerte, llega en un tiempo en el que la ciencia eclipsa a todo tipo de supersticiones y fundamentalismos. Gracias al conocimiento de las enfermedades pasadas tenemos una base sólida sobre la que planificar el aislamiento y la cuarentena, sabemos la importancia de la profilaxis y entendemos el papel de la responsabilidad de cada persona como miembro de la sociedad. Y gracias a esta nueva pandemia afianzamos también, por si quedaba alguna duda, nuestra convicción sobre el carácter primordial de la investigación científica y la necesidad de generalizar el uso de vacunas destinadas a erradicar, de una vez por todas, todas esas enfermedades mortíferas que no han de segar en el futuro ni una sola vida más.


Acerca de Archivo de El Museo Canario

El Museo Canario (Las Palmas de Gran Canaria, Canarias, España) C/ Dr. Verneau, 2 (35001, Las Palmas de Gran Canaria)
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