SALA 1 – LA CENSURA

Censurar no es más que corregir o reprobar algo, en nuestro caso un libro, imponiendo supresiones o cambios sobre el objeto de examen. Esa censura puede ser previa, realizada antes de la publicación de la obra, o represiva, efectuada ya sobre el ejemplar editado. Durante la Edad Moderna, la primera forma de interdicción fue efectuada en el reino de Castilla por el Consejo Real, órgano encargado de otorgar desde mediados del siglo XVI las licencias de impresión, mientras que la segunda quedó reservada al Santo Oficio, institución que, de forma delegada, revisaba, condenaba y prohibía los libros que ya circulaban entre los lectores.

La Inquisición contó con dos herramientas fundamentales para ejercer la censura: los edictos y los índices de libros prohibidos.  Los primeros se publicaban de manera periódica y en ellos se incluían los títulos y autores que iban siendo reprobados por los calificadores y censores. Por su parte, los índices de libros prohibidos –que fueron editados siguiendo la costumbre del Vaticano, que también publicaba sus propios índices– no eran más que extensas recopilaciones de todas las obras que estaban vetadas para los lectores.


Índices de libros prohibidos.  A la izquierda se muestra el Index romano (1707). El ejemplar de la derecha corresponde a la edición de 1790 del índice inquisitorial. Ambos volúmenes se conservan en la biblioteca de El Museo Canario.

Los catálogos de libros prohibidos vinculaban a los autores y a los lectores, pero también a los libreros, a los impresores y a los que comercializaban con libros.  Los autores debían presentar sus manuscritos para ser aprobados por el Consejo de Castilla y los impresores debían contar con la licencia otorgada por la misma institución. Los lectores solo podían acceder, salvo que contaran con una licencia especial, a los libros permitidos. Mientras tanto, los libreros y comerciantes debían conocer el contenido del índice y ofrecer a sus clientes aquellos títulos que no hubieran sido censurados. Sobre ellos recaía la mirada constante de los revisores que tenían la función de visitar las librerías y bibliotecas con el fin de comprobar el cumplimiento de las normas establecidas.

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En El Museo Canario se conserva la masa documental generada por el distrito inquisitorial de Canarias.

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Formando parte de este fondo documental podemos hallar más de 40 procesos abiertos contra diferentes personas por leer o retener libros prohibidos.

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Nombramiento de Alonso de Carriazo, canónigo de la catedral de Canarias, como revisor de librerías y bibliotecas (35001 AMC/INQ 249.012 , 1708).

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