Memoria de otras epidemias en Canarias

Luis Regueira Benítez, bibliotecario de El Museo Canario
Artículo publicado en el periódico Canarias 7 el 11 de mayo de 2020

A lo largo de la historia han sido muchas las situaciones en las que la población se ha visto afectada por emergencias sanitarias. Algunas enfermedades a las que hoy restamos importancia, como es el caso de la gripe común, y otras que en la actualidad están prácticamente erradicadas, como el sarampión, provocaron en otros tiempos epidemias terriblemente mortíferas. El estudio de estas emergencias desde los puntos de vista histórico, médico y sociológico puede servirnos para afrontar de la mejor manera la nueva realidad provocada por la COVID-19 y para prevenir epidemias futuras, y para ello es fundamental que la documentación histórica permanezca convenientemente conservada en archivos y bibliotecas y que se encuentre a disposición de los investigadores de todas las ramas.

El Museo Canario es un ejemplo de ello. A través de sus colecciones documentales es posible repasar la historia de las epidemias que asolaron el archipiélago canario desde el momento en que sus naturales entraron en contacto con los primeros contingentes de población europea, lo que supuso la exposición a enfermedades para las que no tenían defensas. En los siglos siguientes, las deficientes condiciones higiénicas en todas las capas de la sociedad, la miseria de las clases más desfavorecidas y la malnutrición fueron causas que propiciaron la propagación de sucesivas enfermedades infecciosas en ciudades de todo el mundo, pero fue el incremento incesante del tráfico marítimo el responsable de que estas epidemias comenzaran a saltar los muros de las ciudades y se extendieran por poblaciones portuarias muy alejadas entre sí. La situación geográfica de las islas Canarias, convertidas en nudo de comunicación intercontinental, fue clave para que muchas de estas enfermedades se cebaran sobre la población insular.

Las huellas de las epidemias del pasado han quedado marcadas en cada una de las grandes secciones del Centro de Documentación de El Museo Canario. Las más antiguas quedaron registradas en los textos de los primeros cronistas e historiadores y en documentos civiles y eclesiásticos que se conservan en el archivo de esta institución o en colecciones documentales de otras entidades. Las más modernas, que abarcan hasta bien entrado el siglo XX, pueden rastrearse en los periódicos de la hemeroteca, donde los historiadores del futuro podrán repasar también la prensa editada durante la actual pandemia. Y todas ellas, antiguas y modernas, están registradas en los libros de la biblioteca, no solo en los editados en los siglos anteriores sino también, y sobre todo, en los escritos por historiadores que se han ocupado de la historia de la medicina: Gregorio Chil, Juan Bosch Millares, María José Betancor o Conrado Rodríguez Maffiotte son buenos ejemplos de ello.

“Estado que se levanta para tener una noticia de la invacion del Colera-morbo en los Pueblos de Gran Canª en el año 1851., demostrando el numero de victimas, con nota de la Poblacion de la Ysla”.
Archivo de El Museo Canario (ES 35001 AMC/GCh-1552)

Siguiendo todas estas fuentes podemos hacer un rápido repaso de las enfermedades infecciosas y los episodios epidémicos más significativos que han sufrido las islas. Este repaso ha de comenzar en una fecha indeterminada del siglo XIV, cuando se registró una epidemia que afectó a los aborígenes de Gran Canaria al entrar en contacto con los primeros monjes mallorquines. Los pocos datos históricos que existen sobre este episodio nos impiden determinar si fue una epidemia de peste o de gripe ni tampoco el alcance de su morbilidad.

Nuestra primera epidemia bien documentada, conocida como “modorra” o “moquillo”, fue una gripe que se produjo en Tenerife entre 1494 y 1495, responsable directa de la muerte de unos 4000 guanches de Tegueste, Tacoronte y Taoro. Esta gran mortandad supuso un importante giro en el proceso de conquista de la isla, puesto que cambió las tornas en favor de los conquistadores, a quienes la enfermedad no afectó. Poco antes los aborígenes habían logrado una victoria sobre los castellanos en la primera de las batallas de Acentejo, pero después, en plena epidemia, con los guanches mermados y enfermos, los bandos volvieron a enfrentarse y en esta ocasión fueron los soldados de Castilla los que vencieron.

Del origen y milagros de la Santa Imagen de Nuestra Señora de Candelaria…, por Alonso de Espinosa (1593).
Biblioteca de El Museo Canario

Alonso de Espinosa, apenas unas décadas después, apuntó a la descomposición de los cadáveres de la primera batalla como la causa de la infección, una apreciación que, aunque errónea, revela cierta conciencia sanitaria en unos tiempos en los que las enfermedades contagiosas eran una amenaza permanente.

El siglo siguiente estuvo marcado también por la incidencia de las enfermedades infecciosas. Juan Bosch resalta que las primeras enfermedades de este tipo, que se extendieron inmediatamente después de la conquista de las islas, fueron la peste, la lepra y la sífilis, tres enfermedades que no se encuentran en los restos óseos de los antiguos canarios, como pudo comprobar este especialista en las colecciones de El Museo Canario, pero que, de manera endémica o epidémica, se asentaron en Canarias con la llegada de los primeros navíos oceánicos desde Europa o desde América. En 1506, por ejemplo, la peste se instaló en las islas Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria. Como era habitual en estos casos, se restringió el tráfico marítimo para evitar la expansión, lo que no impidió que surgiera un brote también en Tenerife, circunscrito a los montes de Anaga.

De hecho, las epidemias de peste bubónica y neumónica fueron tan constantes en las islas en el primer tercio del siglo XVI que puede resultar difícil identificar cuándo terminaba una y comenzaba la siguiente. Entre 1512 y 1513 se extendió por el archipiélago la llamada “peste de Levante”, que venía asolando la península ibérica; a finales de la misma década volvió la enfermedad y se instaló en las islas hasta finales de la siguiente; en 1523 se achacaba a Londres el origen de esta modorra, y la mortalidad era tan alarmante en Las Palmas que las autoridades pusieron un plazo de un mes para quienes quisieran salir de la ciudad, autorizando cualquier desplazamiento tanto hacia otras poblaciones de Gran Canaria como hacia otras islas del obispado, es decir, del archipiélago, una medida que, lejos de contener la incidencia en la ciudad, contribuyó a la expansión; en 1524 las fuerzas militares de las islas estaban tan mermadas por la epidemia que no pudieron asistir a la defensa de Santa Cruz de Mar Pequeña, en las costas africanas, durante el asedio del cherif de Fez; en 1526, 1528 y 1529 la enfermedad repuntó en Gran Canaria, hasta el punto de provocar el traslado de la Audiencia a La Laguna.

La peste, modorra, muerte negra, o comoquiera que sucesivamente se titulara esta enfermedad, provocó dantescas escenas, con enfermos desatendidos, cadáveres abandonados, cementerios colapsados, miseria, carestía, emigración, fundamentalismo y otros efectos sociales, demográficos e ideológicos. También influyó en el desarrollo de las ciudades, y en Las Palmas de Gran Canaria, por ceñirnos a un ejemplo significativo, se crearon instalaciones como el hospital de San Lázaro, en los arenales de Santa Catalina, y la ermita de San Marcos (hoy de Los Reyes), donde la población pedía al santo titular su intercesión contra la peste. En el barrio de Vegueta, además, se suprimió el céntrico burdel municipal, considerado un foco de propagación de enfermedades a pesar de los obligatorios controles, para convertirlo en la ermita de la Vera Cruz.

Pasadas las primeras tres décadas del siglo, la peste disminuyó su incidencia en las islas, aunque nunca dejó de hacer sus periódicas apariciones. Sirva como ejemplo la mortífera epidemia de 1582, que causó la muerte de entre 5000 y 7000 personas en Tenerife, sobre todo en La Laguna y en Santa Cruz, y cuyo origen se identificó en unos tapices orientales llegados desde Flandes.

En cuanto a las medidas que tomaban las autoridades para contener estas epidemias, lo habitual era que se decretara la expulsión de las personas que vivían en la miseria, que debían abandonar sus ciudades sin que se les permitiera la entrada en otras poblaciones hasta que cumplieran una cuarentena de aislamiento, lo que propiciaba la instalación de campamentos extramuros en condiciones vitales e higiénicas incluso peores que las que ya padecían en sus vidas cotidianas. Las personas pudientes y privilegiadas también solían salir de las ciudades para instalarse en casas y haciendas rurales, lo que no impedía que llevaran consigo la enfermedad y que tuvieran que padecer sus síntomas y sus consecuencias, a menudo fatales, en sus lugares de retiro. Y en cuanto al comercio, la entrada y salida de personas y mercaderías era supervisada en los accesos a las poblaciones tanto por tierra como por mar. De hecho, el control de los puertos era fundamental, no tanto para acotar la expansión de una epidemia local como para evitar la llegada de afecciones externas, de manera que las noticias sobre la existencia de contagios en cualquier lugar del mundo suponían el veto a la llegada de cualquier navío que procediese de ese lugar.

Una violación de este veto fue, precisamente, la causa de que el siglo XVII se inaugurara en Canarias con una nueva epidemia. En 1601, dos barcos procedentes de Cádiz entraron en Tenerife por el puerto de Garachico e introdujeron la bacteria de la peste, que enseguida se extendió a Los Realejos, a Santa Cruz de Tenerife, y de ahí a Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote, en un proceso contagioso que permaneció activo hasta 1606. Sin embargo, a pesar de estos inicios, el nuevo siglo no resultó tan negro como el anterior en lo que se refiere a las enfermedades contagiosas, y habría que esperar hasta 1677 para que la peste volviera con fuerza a las islas. Es cierto que, entretanto, la población tuvo que lidiar con otras inclemencias de la historia, como la piratería, las plagas de langosta (con sus correspondientes hambrunas, como la de 1660-1662) o las sequías, pero las preocupaciones sanitarias tuvieron más que ver con enfermedades endémicas (lepra, sífilis…) y con la miseria y la falta de higiene, que con procesos epidémicos.

El siglo XVIII también se inauguró en las islas con una nueva epidemia, en este caso de fiebre amarilla importada desde La Habana. El virus, que provocaba el llamado “vómito negro”, se extendió por todo el archipiélago. Fue la misma enfermedad que, también desde las Antillas, habría de volver setenta años más tarde, en 1771, pero en esta ocasión la epidemia se agravaría a causa de la llegada de un regimiento militar desde las posesiones españolas de América.

No fue la fiebre amarilla la única epidemia padecida en las islas a lo largo del siglo. En 1721 consta un brote de alguna otra enfermedad contagiosa en la ciudad de Las Palmas, donde se organizaron rogativas en la catedral, y en 1741 se repitió un episodio similar en la misma población. En abril de 1789 hubo muchos casos de fiebres catarrales, y al año siguiente se sucedieron varias enfermedades epidémicas, como el pitiflor (que afectaba a los niños), calenturas pútridas, tabardillos, anginas, garrotejos y otras enfermedades, que en conjunto causaron una mortandad significativa. Estas enfermedades se extendieron en 1791, año particularmente frío, por todas las poblaciones del sector nororiental de Gran Canaria, tomando como centro la capital y llegando hasta Agüimes por la costa este, hasta Gáldar por la costa norte, y hasta Tejeda y Tirajana por el interior insular.

La peste, por su parte, había vuelto también en 1769, favorecida por la malnutrición y el hacinamiento de los sectores más desgraciados de la sociedad; y el mismo caldo de cultivo propició en 1781 la propagación de la malaria, llamada también “fiebres tercianas”, enfermedad que hizo su aparición en el otoño y que tendría una especial incidencia en las medianías de Gran Canaria a causa de las condiciones meteorológicas, que hicieron coincidir las lluvias con un persistente viento seco del este.

Diario cronológico-histórico, por Isidoro Romero Ceballos (siglo XVIII)
Archivo de El Museo Canario
(ES 35001 AMC/GCh-1594)

Sin embargo, la enfermedad más significativa del siglo XVIII no fue otra que la viruela, que en Canarias recaló en varias ocasiones a lo largo del siglo, como en 1759, en 1780 o en 1787. De todas estas incidencias, la más conocida es la segunda, de la que podemos leer muchos detalles en los diarios de Isidoro Romero y Ceballos que guarda el archivo de El Museo Canario. Así, sabemos que produjo una gran mortandad en Tenerife, desde donde dos infectados la llevaron involuntariamente a Gran Canaria en el mes de agosto.  En esta isla se asentó durante los tres meses siguientes, y fue una ocasión para experimentar la vacunación por medio de la inoculación de pus de afectados en pacientes sanos, una práctica que tuvo un éxito indiscutible a pesar de las reticencias religiosas de un significativo sector de la sociedad. En 1787, cuando volvió a aparecer la viruela en la capital insular, volvió a utilizarse el mismo tratamiento preventivo, aunque la enfermedad ya había matado a 118 personas antes de que la práctica comenzara a surtir efecto.

La lucha contra la viruela mediante vacuna llevada a cabo por España a partir de 1803 fue un referente mundial y aún hoy sigue siendo un ejemplo de la importancia de la vacunación masiva para acabar con las enfermedades infecciosas. La Expedición Filantrópica de la Vacuna de Francisco Javier Balmis hizo su primera parada, de hecho, en las islas Canarias, pues recaló en Tenerife el 10 de diciembre de aquel año. Esta vez contó con el apoyo del obispo Manuel Verdugo, lo que apaciguó las voces contrarias en el seno del catolicismo, de manera que el equipo de la expedición pudo estar un mes vacunando no solo a los habitantes de Tenerife, sino también a algunos niños de otras islas que servirían para salvaguardar la inmunidad y extenderla a todo el archipiélago. De esta forma se fue creando una inmunidad colectiva que, replicada en otros territorios de la corona a lo largo de todo el mundo, puso las bases para la erradicación total de la enfermedad, declarada oficialmente por la OMS el 8 de mayo de 1980.

Plegaria de Juan E. Doreste.
Archivo de El Museo Canario.

Para llegar a este momento histórico, las islas habrían de pasar aún por numerosas epidemias. El siglo XIX registra algunos episodios especialmente mortíferos, entre los que destacan la fiebre amarilla padecida en Tenerife en 1810-1811, que mató al 20 % de la población insular, y el cólera morbo que asoló Gran Canaria en 1851, sobre el que El Museo Canario conserva numerosos impresos estampados por Mariano Collina, el único impresor que trabajaba en Las Palmas en ese año. Se trata de episodios epidémicos muy estudiados por los historiadores y que sirven como ejemplos (no siempre positivos) de la reacción de las autoridades para controlar los movimientos sociales que pudieran contribuir a propagar las enfermedades. Conocidos son también algunos de los efectos que tuvieron en las islas los brotes epidémicos detectados en otros lugares del mundo, y en este sentido es un buen ejemplo la identificación del cólera en Londres a finales de 1841, que provocó, como efecto colateral, que no se permitiera el desembarco de los viajeros del Beagle cuando llegaron a Santa Cruz de Tenerife el 6 de enero de 1842. De esta manera, el naturalista Charles Darwin tuvo que renunciar a deseo declarado de hacer algunas exploraciones científicas en las islas.

Finalmente, el siglo XX pasó por las islas Canarias sin demasiadas complicaciones epidémicas. De hecho, la mal llamada gripe española, que asoló el mundo entre 1918 y 1919 coincidiendo con el final de la Primera Guerra Mundial, no es recordada en las islas como un episodio sanitario especialmente grave, puesto que el aislamiento geográfico contribuyó a que surtieran efecto las medidas de restricción del tráfico marítimo y la cuarentena impuesta a todo tipo de mercancías. Ninguna de las dos oleadas de esta mortífera pandemia de gripe, que segaron la vida de cien millones de personas según algunos cálculos, afectó gravemente a las islas. Sin embargo, su expansión por el mundo sí puede ser seguida por la prensa insular que se conserva en la hemeroteca de El Museo Canario, descrita con el recelo de su amenaza pero sin la desesperación con la que quedó plasmado, por poner un ejemplo extremadamente trágico, el cólera de 1851.

A la memoria de las epidemias que han visitado las islas Canarias desde que se tienen registros escritos se suma ahora la COVID-19, provocada por un coronavirus especialmente contagioso pero que, por suerte, llega en un tiempo en el que la ciencia eclipsa a todo tipo de supersticiones y fundamentalismos. Gracias al conocimiento de las enfermedades pasadas tenemos una base sólida sobre la que planificar el aislamiento y la cuarentena, sabemos la importancia de la profilaxis y entendemos el papel de la responsabilidad de cada persona como miembro de la sociedad. Y gracias a esta nueva pandemia afianzamos también, por si quedaba alguna duda, nuestra convicción sobre el carácter primordial de la investigación científica y la necesidad de generalizar el uso de vacunas destinadas a erradicar, de una vez por todas, todas esas enfermedades mortíferas que no han de segar en el futuro ni una sola vida más.


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Cuerpos, objetos y espacios. Muertes convergentes, muertes divergentes: el archivo, la memoria escrita y la arqueología


Cuerpos, objetos y espacios. Muertes convergentes, muertes divergentes. Bajo este sugerente título se ha puesto en marcha en El Museo Canario desde 2019 un proyecto de investigación financiado por la Fundación CajaCanarias y la Fundación Bancaria La Caixa que tiene como objetivo principal -tal como nos indica Teresa Delgado Darias, investigadora principal del proyecto y conservadora de la institución museística-, analizar tanto los registros funerarios de la sociedad preeuropea de Gran Canaria como los correspondientes al cuerpo social instalado en la isla tras el proceso de conquista.

Si en el caso de la arqueología prehispánica el propio material arqueológico constituye la fuente principal -aunque no la única- de la que emana la información a partir de la que estudiar y sacar conclusiones acerca de las formas de vida de los antiguos canarios, no sucede lo mismo en el ámbito de la arqueología histórica. En este último caso, aunque los restos arqueológicos y sus contextos se erigen en las materialidades más valiosas, éstas encuentran un complemento de indiscutible consideración en los documentos escritos -ya sean manuscritos o impresos-, conservados en los archivos y centros de documentación. De este modo, para el mejor discernimiento del valor y alcance de lo hallado, y lograr así una adecuada comprensión y contextualización del registro arqueológico -especialmente el histórico-, no sólo se hace ineludible una visita al archivo, sino también es indispensable la incorporación de los archiveros en los equipos multidisciplinares que han de ser configurados cuando se emprenden este tipo de investigaciones.

Víctimas de la epidemia de cólera que asoló Gran Canaria en 1851 (ES 35001 AAMC/GCh-1552).
Este tipo de documentos son de gran ayuda para contextualizar y estudiar los restos humanos hallados vinculados con este suceso.

Porque sí… la memoria escrita de los cuerpos, los objetos y los espacios, así como las formas en que se producían, entendían e interpretaban las muertes en las diferentes etapas de nuestra historia reside también en los archivos. Ya sea formando parte de depósitos documentales de naturaleza pública o integrando aquellos otros que tienen un origen personal y privado, lo escrito en los papeles y lo reflejado en las imágenes (fotografías, dibujos, grabados, etc.) nos hablan de espacios habitados por cuerpos de hombres y mujeres, de niñas y niños que vivían haciendo uso de múltiples objetos y que, finalmente, morían. Todas esas acciones vitales y funerarias, que no son otra cosa que la proyección de otros tantos procesos culturales, dejaron su huella sobre los propios cuerpos, pero también quedaron perpetuadas en miles de documentos generados tanto de manera sincrónica al acontecimiento que describen como producidos de una manera diacrónica a aquél. Son esos escritos y esas imágenes los que han de servir como complemento en el estudio de los registros arqueológicos, no sólo en los histórico,  a través de fuentes sincrónicas, sino también en los prehispánicos, mediante documentos diacrónicos. Son esos documentos los que han de hablarnos para enriquecer las miradas y lecturas de los restos y los contextos, para contrastar, apoyar y descartar hipótesis de trabajo o, en su caso, a hacer surgir otras nuevas.

Las fotografías históricas tomadas durante las excavaciones de los yacimientos contribuyen a contextualizar los espacios funerarios.
Ataúd hallado en El Maipés (Agaete, Gran Canaria)
(Archivo Sebastián Jiménez Sánchez)

En el proyecto Cuerpos, objetos y espacios. Muertes convergentes, muertes divergentes las agrupaciones documentales conservadas en El Museo Canario -tanto el fondo general o administrativo de la institución como los que integran las diversas secciones del archivo histórico (fondos públicos, privado-personales y figurativos)- se convertirán en el punto de partida preferente. El primero -el fondo generado por el propio museo a lo largo del tiempo en el desarrollo de sus funciones- constituye una fuente de gran valor para el registro prehispánico teniendo en cuenta que El Museo Canario desde 1879 ha sido la institución receptora de material arqueológico y, asimismo, fue la encargada de promover “rebuscas” y excavaciones. Ambos aspectos -ingreso de material y rebuscas y excavaciones- sin duda, han tenido un reflejo documental de gran valor. Por otro lado, los miles de documentos que integran diversos archivos personales -especialmente los producidos y acumulados por Sebastián Jiménez, Gregorio Chil y Naranjo, José Miguel Alzola o Víctor Grau-Bassas, entre otros-, se nos revelan también como fuentes imprescindibles en nuestra investigación. Estos papeles no sólo nos informan sobre las formas de vida histórica sino también sobre aquellas que caracterizaron los tiempos prehispánicos, acrecentándose así su valor.

La prensa es, en ocasiones, una fuente para el estudio de los restos arqueológicos. (“Momias canarias”, El ómnibus, 1855)

La información contenida en los cuadernos de campo ayudan al mejor conocimiento de los yacimientos y del material estudiado (Archivo Sebastián Jiménenz Sánchez, 069.004)


A partir de ahora, de una manera periódica, iremos dando a conocer piezas documentales seleccionadas a través de las que trataremos de constatar cómo esos cuerpos, objetos y espacios arqueológicos prehispánicos e históricos podemos también descubrirlos entre papeles, legajos y libros.


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Libros y lectores ante la Inquisición. Los libros prohibidos

Hoy, día 23 de abril, celebramos el Día Mundial del libro, conmemoración instituida de manera oficial en 1995 por la UNESCO con el objetivo de fomentar la lectura y proteger los derechos de autor. En la actualidad, leer se ha convertido en una de las actividades intelectuales –y también placenteras– más generalizadas entre la población. Hoy todos podemos leer y, además, podemos leerlo todo con la única limitación que cada uno nos autoimpongamos: gustos, preferencias, barreras lingüísticas, fobias y tabúes personales, prejuicios, etc. Sin embargo, hubo otro tiempo en que la realidad era muy diferente: no todos podían leer y tampoco todo se podía leer.

Porque…  controlar la lectura y lo escrito, y  vigilar la difusión de las ideas contenidas en los libros que fueran susceptibles de tambalear los cimientos en los que se sustentaba la convivencia, se convirtió en otras etapas de la historia en uno de los objetivos prioritarios del Estado. Así, en diferentes épocas y en los más diversos espacios geográficos, el control de la lectura y la censura se contaron entre los mecanismos básicos a través de los que mantener inamovible el estado de las cosas. De esta forma, se reconocía el poder de lo escrito y el poder de los libros.

 La lectura bajo el control de la Inquisición: el poder de los libros

En los territorios hispanos desde mediados del siglo XVI, y lo largo del Antiguo Régimen, el Santo Oficio fue la institución censora por excelencia. La lucha contra la “…herética pravedad y la apostasía…” requería, sin duda, la puesta en marcha de mecanismos y procedimientos dirigidos a ejercer el control sobre todos los ámbitos de la vida de los hombres y mujeres que habitaban en los territorios que se hallaban bajo su jurisdicción. Tal como afirmó Bartolomé Benassar, en una entrevista ofrecida al periódico El país en noviembre de 1979, la Inquisición fue “…una fuerza de control social y político…” al dar forma a un “…modelo social, religioso y sexual…” a partir de la defensa del orden establecido. Velar por la ortodoxia de las creencias religiosas fue el pilar básico a partir del que construir ese modelo. Pero, además, los ministros inquisitoriales se convirtieron también en centinelas de la pureza de la sangre y en verdaderos vigilantes del mar, ya que a través de los puertos se facilitaba  la entrada de nuevas ideologías. Nada quedaba al margen del Santo Oficio. Nada escapaba a su inflexible criterio y, conocedores del poder que tenían los libros y los manuscritos como portadores y transmisores de ideas, también se erigieron en activos celadores de la rectitud en la lectura. Escritores –clásicos y contemporáneos, religiosos y laicos-, lectores, libros de toda naturaleza e índole –desde el Lazarillo de Tormes hasta una Novena a la Virgen del Pino pasando por la Enciclopedia francesa– libreros, propietarios de bibliotecas particulares, etc. nada quedaba al margen de su escrutadora mirada.

La censura represiva

Era la de la lectura una esfera de control ejercida por el Santo Oficio desde el ámbito de la censura represiva. Así, una vez que las obras estaban ya publicadas se establecía qué libros podían ser leídos, prohibiendo “in totum” los más escandalosos y, en otros casos, censurando o “tachando” solo los fragmentos que contenían faltas parciales.  En el archivo de la Inquisición de Canarias, conservado en El Museo Canario, contamos con un ejemplo muy gráfico de esta última forma de censura parcial. Así, en 1781 los calificadores –ministros que se encargaban de estudiar y calificar las obras–, analizaron unos Elogios al Señor San Miguel Arcángel (ES 35001 AMC/INQ CLIX-17). Tras el examen de este librito religioso, publicado en Sevilla por el  impresor Francisco de Leesdael, la Inquisición llegó a la conclusión de que era necesario reprobar algunos fragmentos, conservándose en el expediente un ejemplar de la novena en el que son evidentes las “tachas” introducidas por los censores.

Elogios al Señor San Miguel Arcángel
(ES 35001 AMC/INQ CLIX-17, Inquisición de Canarias, El Museo Canario)

 

 

 

 

 

 

 

Los edictos de libros prohibidos

El control ejercido por el Santo Oficio tuvo en los edictos de libros prohibidos uno de los  instrumentos de acción más relevante. Estos documentos, de los que conservamos unos cuarenta ejemplares en el archivo de El Museo Canario, eran generados por los inquisidores y sobresalía en ellos su carácter imperativo. Tras su lectura en la misa dominical, se fijaban en las puertas de los templos. Desde ese instante se hacía oficial la orden en ellos contenida: prohibición y expurgación de las obras literarias, científicas, políticas, religiosas o filosóficas reseñadas en las que se consideraban vulnerados los preceptos de la fe o se atentaba contra la estabilidad del poder político establecido. Entre los documentos de este tipo, preferentemente producidos en el siglo XVIII, destacamos el fechado en 1756. En él fue censurada, entre otros muchas obras, la titulada “Examen de El Príncipe de Maquiavelo”, escrita por  Amelot de la Houssaye (1634-1706), por contener inserta en el mismo la obra examinada, cuyo autor, Maquiavelo, era calificado de “impío”.

Edicto de libros prohibidos (1756) (ES 35001 AMC/INQ 298.025 , Inquisición de Canarias, El Museo Canario)
Prohibición de la obra “Examen de El Príncipe“, de Maquiavelo”

Además, en el texto prohibido, no sólo se incluían proposiciones erróneas desde el punto de vista religioso, sino que se localizaron injurias contra la “…Nación española…”, lo que revela que también los asuntos políticos estaban en el punto de mira del Santo Oficio.

Diario general de Francia
(ES 35001 AMC/INQ/CB S2-T38)

Este hecho quedó corroborado en 1789, año en que el tribunal requisó en los puertos de Fuerteventura y Lanzarote las copias manuscritas del “Diario general de Francia”, texto en el que el abate Sieyès, secretario de la Asamblea Nacional de Francia, exponía y reconocía los derechos del hombre (Archivo de la Inquisición, Colección Bute). Es esta una muestra de cómo los puertos de las islas se convertían en la puerta a través de la que se introducían libros y escritos cuyo contenido era contrario al orden establecido y que, por lo tanto, había que combatir y prohibir para evitar así su difusión entre la población. El destino final de esos escritos no era otro que América, si bien la actuación censora del tribunal canario eliminó cualquier posibilidad de que arribaran al continente americano.

Los índices de libros prohibidos

Si los edictos constituían uno de los instrumentos clave a través de los ejercer el control de la lectura, no menos importantes en este mismo sentido eran los ¨Índices” o “Expurgatorios”, extensos catálogos de libros vetados a los lectores. El primer índice de libros prohibidos fue publicado en el siglo XVI, siendo reeditado en numerosas ocasiones con posterioridad, actualizándose cada versión con las nuevas censuras. En esos volúmenes se incluía no sólo la relación de libros  y manuscritos que eran objeto de prohibición, sino también una serie de reglas a través de las que se explicaban las razones para su expurgo (libros anónimos, libros de herejes protestantes, libros lascivos, libros de magia, etc.), así como advertencias y órdenes dirigidas a los lectores y distribuidores de obras (mandato de realizar inventarios, orden de no imprimir ni importar libros de autores condenados, etc.).

Índice de libros prohibidos (1790)
Biblioteca de El Museo Canario

En El Museo Canario conservamos el último “Índice” publicado, el correspondiente a 1790, entre cuyas páginas podemos encontrar la prohibición desde textos políticos, como la Enciclopedia francesa, hasta impresos religiosos, como la Novena a la Virgen del Pino escrita por Diego Álvarez de Silva (1755), pasando por volúmenes filosóficos de escritores franceses del siglo de las luces. Estos repertorios no sólo eran un instrumento de trabajo para los inquisidores y calificadores, sino que también los libreros e impresores debían contar con un ejemplar con la finalidad de no distribuir o editar textos que hubieran sido objeto de tacha.

Los libreros en el punto de mira

Por lo tanto, tampoco los libreros quedaron al margen de los ataques de la censura. Contamos con un ejemplo de ello en Gran Canaria a principios del siglo XVIII. En 1708 se procedió al nombramiento de Alonso de Carriazo, canónigo de la Catedral de Canarias, como revisor de librerías públicas, hallándose entre sus competencias visitar los establecimientos y reconocer y expurgar los libros que así lo requirieran a partir de los índices expurgatorios. Los inquisidores reconocían, en una providencia dictada en 1756, que los libreros vendían “…por malisia o ignorancia muchos libros de los prohibidos…”, comportamiento que trataron de evitar incrementando la vigilancia.

A pesar del celo ejercido por estos revisores, lo cierto es que en múltiples ocasiones los libros prohibidos llegaban a manos de los lectores, hecho que demuestra que el control no siempre era efectivo y que, en ocasiones, las ideas que se trataban de silenciar no podían ser cercenadas y conseguían llegar a la población. De ahí los más de cuarenta procesos por tenencia de libros prohibidos que fueron conocidos por el tribunal canario, entre los que destacamos el incoado contra del Cristóbal del Hoyo-Solorzano Sotomayor, vizconde del Buen Paso, escritor y poseedor de una gran biblioteca; el conocido contra Fernando Molina Quesada, colaborador del historiador y literarto José de Viera y Clavijo; el proceso abierto contra el flamenco Hans de Avontroot, acusado de publicar un libro contra la fe; o la información iniciada ante el hallazgo de un grimorio o libro de magia en el siglo XVI.

Expediente contra Fernando Molina Quesada… por retener y leer libros prohibidos (1788)
(ES 35001 AMC/INQ 080.010, Inquisición de Canarias, El Museo Canario)

Fragmento del proceso en el que se acusa a Fernando Molina de poseer la obra “Cándido o el optimismo”, de Voltaire, así como otras obras del autor francés.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En definitiva, a lo largo del Antiguo Régimen los libros eran considerados armas muy peligrosas a través de las que se podía poner en peligro el orden establecido. Las autoridades, que no iban muy desencaminadas, consideraban que los libros llevaban al conocimiento del otro y de otras formas de vida y, además,  eran portadores de nuevas ideas y constituían una herramienta a través de la que fomentar la reflexión y la confrontación. Además, a través de sus páginas los lectores podían evadirse a otros mundos y disfrutar imaginando otras realidades. Todo aquello que, en otro tiempo se consideró peligroso,  supone desde nuestra óptica actual el gran valor del libro. Leamos, aprendamos, disfrutemos y seamos libres con la lectura. Ahora podemos hacerlo sin cortapisas.

¡Feliz día del libro!


Si quieres saber más…

ARANDA-MENDÍAZ, Manuel: “Censura inquisitorial en Canarias en el siglo de las luces”. Revista de la Inquisición, nº 8,  1999, pp. 33-42
ARANDA-MENDÍAZ, Manuel: El Tribunal de la Inquisición en Canarias durante el reinado de Carlos III. Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, 2000
ARBURU BARTUREN, Mª Begoña : “La fortuna de Maquiavelo en España: las primeras traducciones manuscritas y editadas de Il Principe“. INGENIUM, Revista de Historia del pensamiento moderno, nº 7, 2013
FAJARDO SPÍNOLA, Francisco: Las víctimas del Santo Oficio. Tres siglos de actividad de la Inquisición de Canarias. Gobierno de Canarias, UNED, 2003
GACTO FERNÁNDEZ, Enrique: “Sobre la censura literaria en el siglo XVII: Cervantes, Quevedo y la Inquisición“. Revista de la Inquisición, nº 1,  1991, pp. 11-61
GONZÁLEZ DE CHAVEZ, Jesús: “El proceso inquisitorial del vizconde del Buen Paso”. En Trienio.Ilustración y Liberalismo, nº 5, 1985, pp. 53-81
HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Manuel: “Inquisición y difusión de las ideas revolucionarias francesas en Canarias y Venezuela: el proceso del artesano francés Luis Hardovime“. En XVI Coloquio de Historia Canario-Americana (2004), 2006, pp. 199-212
LAHOZ FINESTRES, José Mª.: “Inquisición y revolución francesa en Canarias”. En: ESCUDERO, José A. (ed.): Intolerancia e Inquisición, tomo II, 2005,  pp. 421-446
LAMB, Úrsula: “La Inquisición de Canarias y un libro de magia del siglo XVI“. El Museo Canario, nº 85-88, 1963, pp. 113-144
LOBO CABRERA, Manuel: “Libros y lectores en Canarias en el siglo XVI“. Anuarios de Estudios Atlánticos, nº 28, 1982, pp. 643-704
LUXÁN MELÉNDEZ, Santiago de: “Lectores de libros prohibidos en Canarias a fines del siglo XVIII“. Almogaren, 1991, pp. 37-52
MARTÍNEZ DE BUJANDA, Jesús: El índice de libros prohibidos y expurgados de la Inquisición española (1551-1819). Evolución y contenido. Biblioteca de Autores Cristianos, 2016.
MILLARES CARLO, Agustín: “Algunas noticias y documentos referentes a Juan Bartolomé Avontroot“. El Museo Canario, año III, nº 5, pp. 1-26
PINO ABAD, Miguel: “El control inquisitorial de la prensa revolucionaria francesa: algunos ejemplos de ineficacia“. Revista de la Inquisición, nº 11,  2005, pp. 131-149

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#QuédateEnCasa investigando. El archivo de El Museo Canario en la Web

Las medidas decretadas para prevenir el contagio del COVID-19 han influido, cuando menos y en el mejor de los casos, en las rutinas diarias de todos nosotros. Entre las normas dictadas, el confinamiento domiciliario se ha revelado como una de las más efectivas para evitar el contagio y la propagación del virus. La obligatoriedad de permanecer en casa, además de tener otras importantes repercusiones, ha supuesto, en algunas ocasiones, la paralización de aquellas investigaciones que tuvieran en los archivos sus fuentes de información más relevantes e hicieran necesaria la visita presencial de sus instalaciones.

No obstante, y por fortuna, en la actualidad son cada vez más numerosos los centros archivísticos que cuentan con herramientas de consulta –e incluso con las versiones digitales de los documentos– disponibles en portales y páginas web. En nuestro país, el caso de los Archivos Estatales, accesibles a través del portal PARES, podemos considerarlo no sólo el caso más relevante, sino uno de los ejemplos a seguir. Si estas herramientas son siempre útiles, las ventajas que presentan se ponen de relieve cuando padecemos condiciones extremas como en las que nos hallamos estos días. Sin duda, hoy más que nunca, suponen una ayuda de indiscutible valor para los investigadores al permitir que sus trabajos y estudios, al menos en parte, puedan realizarse desde casa y continuar su curso sin paralizarse del todo.

En este sentido, y desde hace ya algunos años, El Museo Canario, con la finalidad de facilitar la investigación, ha puesto en marcha un proyecto que tiene como objetivo principal poner a disposición de todos los usuarios, a través de la página web de la institución, los instrumentos de descripción de su archivo.

La documentación generada por el distrito canario del Santo Oficio de la Inquisición (siglos XVI-XIX) se conserva desde principios del siglo XX en El Museo Canario. Constituye uno de las agrupaciones documentales más consultadas de nuestra institución, habiéndose llevado a cabo la descripción normalizada y la digitalización del 75% de sus contenidos (causas de fe, testificaciones, reducciones, informaciones de limpieza de sangre, etc.).

Interfaz de búsqueda. Archivo de la Inquisición de Canarias.

Si bien la consulta habitual de este fondo se realiza habitualmente de una manera presencial, no es menos cierto que los más de 5000 registros hasta el momento descritos son accesibles desde el sitio web de la Sociedad Científica.  Este catálogo, al que dan forma los registros descriptivos, permite la localización de los documentos que forman parte del fondo. El propio usuario es el que crea la ecuación de búsqueda, pudiendo ésta ser más sencilla o más compleja dependiendo de las necesidades de información que cada uno presente. De este modo, no sólo puede llevarse a cabo una búsqueda libre, sino también combinarla con un descriptor de materia o restringirla a una sección y serie documentales determinadas. Presenta la peculiaridad de contar con la posibilidad de buscar los documentos introduciendo tanto la signatura histórica como el código de referencia actualizado que ha sido incorporado a partir de la última organización y descripción efectuada siguiendo criterios archivísticos normalizados (ISADg).

El Museo Canario conserva casi cuarenta fondos y colecciones de este tipo, siendo accesibles a través de la web los 15 500 registros descriptivos alusivos a una quincena de ellos. Además, están disponibles, vinculados a sus descripciones, los objetos digitales correspondientes a las fotografías que forman parte de las mismas. La interfaz de búsqueda es muy intuitiva y sencilla, pudiéndose combinar sus campos y realizar la consulta contra todos los fondos y colecciones de manera combinada o restringiéndola a una única agrupación documental.

Los fondos y colecciones fotográficos conservados en nuestra institución presentan, como es sabido, una gran riqueza. Así, los trabajos de descripción y digitalización de sus contenidos han supuesto un medio a través del que poner en valor uno de los archivos fotográficos canarios más importantes cuya cronología cubre la práctica totalidad de la historia de la fotografía en el archipiélago. A través de un completo buscador, integrado por diversos campos (título, autos, fecha, descriptor geográfico, objeto fotográfico, descripción, etc.), puede darse forma a una ecuación de búsqueda compleja que garantiza la localización de la información gráfica que deseamos. En este caso no sólo accederemos a 3 653 registros descriptivos, sino también a cada una de las imágenes digitales a que éstos hacen referencia.

Estas herramientas descriptivas –a la que hay que sumar la correspondiente al fondo de la Casa-Fuerte de Adeje conservado también en el archivo de El Museo Canario y consultable desde la página web creada por el Ayuntamiento de la villa tinerfeña –, como ya hemos señalado, son siempre útiles para los investigadores, pero han adquirido en estos días un papel de primer orden para facilitar la investigación en un momento crítico en el que estar presentes en los archivos a la manera tradicional no es posible. Porque sí…. #quédateEnCasa pero sin abandonar tus investigaciones.


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Ignacia de Lara: una mujer en el archivo de El Museo Canario

Si echamos un vistazo a los cuadros de clasificación de fondos y colecciones personales de la mayor parte de los centros archivísticos españoles tendremos la oportunidad de comprobar que, entre otros muchos representantes de los más variados ámbitos profesionales, son numerosos los científicos, artistas, literatos, historiadores, médicos  o arquitectos que están representados en ellos. Sin embargo, esos mismos cuadros de clasificación están también definidos por otra característica no menos importante: la ausencia de la mujer como titular de archivos personales. En efecto, la presencia de nombres femeninos en estas herramientas clasificatorias es, en el mejor de los casos, esporádica, y siempre marginal. Nada mejor que un rápido repaso a algunos archivos españoles de diferente índole para corroborar esta idea (Universidad de Navarra; Biblioteca Nacional de España; CSIC; Archivos de la Comunidad de Madrid; Archivo Histórico Provincial de Las Palmas)

Libreta de apuntes de Ignacia de Lara (1903).
Archivo de Ignacia de Lara. El Museo Canario.

La sociedad española cultural, social y jurídicamente –heredera del derecho romano–, a lo largo de mucho tiempo,  ha estado organizada en función de la preponderancia masculina, quedando la mujer relegada a un injusto segundo plano. No hay que olvidar que las féminas en nuestro país estuvieron hasta hace poco tiempo tuteladas por sus maridos, padres o hermanos, reduciéndose, e incluso impidiéndose en muchos casos, las posibilidades de aquéllas para incorporarse de manera plena al ámbito profesional. Un ejemplo ilustrativo de esta realidad, lo tenemos en el hecho de que hubo que esperar a la reforma del Código Civil, efectuada en 1975, para que fuera reconocida en España de una manera plena la capacidad de obrar de la mujer casada y se suprimiera, entre otras cosas, la hasta entonces vigente licencia marital. Los límites impuestos a la mujer afectaron de lleno a su propio desarrollo, tanto en el ámbito personal como en el profesional, hecho que tuvo un evidente reflejo en todos los órdenes de la vida. El contexto archivístico no fue una excepción.

Hay que tener en cuenta que una gran parte de los archivos están constituidos por fondos y colecciones personales que fueron generados entre el siglo XIX y las primeras décadas de la vigésima centuria, espacio temporal en el que, como es sabido, las mujeres soportaban una situación desfavorable con respecto a los hombres. Sus probabilidades de sobresalir eran mínimas porque también eran exiguas las posibilidades de que fueran reconocidos sus logros  personales y profesionales. Eso derivó, entre otras cosas, en que, de una manera general, fueran los hombres los que generaran documentos y dieran forma a archivos privados-personales.

Firma de Ignacia de Lara en 1935

El archivo de El Museo Canario no es una excepción a esta realidad que acabamos de describir. De este modo, de los casi cuarenta fondos y colecciones personales que conservamos tan sólo dos fueron generados y acumulados por mujeres: la escritora Ignacia de Lara y la bailarina Trinidad Borrull.

Ignacia de Lara (1934). Archivo de Ignacia de Lara. El Museo Canario.

 

Nos ocuparemos hoy de manera especial del archivo personal de Ignacia de Lara Henríquez (1880-1940), conservado en El Museo Canario desde el año 1982 a raíz del depósito efectuado por los herederos de la literata grancanaria.

Los manuscritos autógrafos de la práctica totalidad de su obra narrativa y lírica, así como los recortes de prensa –artículos de su autoría, poesías publicadas en periódicos, textos de conferencias, etc.– constituyen los dos pilares fundamentales sobre los que se sustenta este archivo personal. Por lo tanto, a través de los documentos conservados en nuestra institución puede ser reconstruida la trayectoria literaria de una escritora poco conocida en la actualidad, pero muy bien considerada en Gran Canaria durante la primera mitad del siglo XX.

La celebridad de la que gozó en su momento, especialmente durante las décadas de 1920 y 1930, no tiene su fundamento único en su actividad como escritora, sino también en su vertiente como política. Durante su vida publicó tan solo dos libros. El primero en 1922 –“Tiré de un recuerdo y como las cerezas…”– y el segundo, su primer libro de poemas, en 1924 bajo el título “Para el perdón y para el olvido”, su mejor obra a juicio de la crítica. En 1940, tras su muerte, vió la luz “Entre paisanos. Cantares”. Eso sí, a estas tres obras hay que sumar los numerosos poemas, cuentos, artículos y conferencias que ocuparon las páginas de la prensa, textos estos últimos que han de ser tenidos en cuenta para valorar de manera acertada la aportación de Ignacia de Lara a la literatura canaria contemporánea.

Sin embargo, no menos relevante fue su trayectoria política. Tal como señalan sus biógrafos fue una mujer que hizo política sin ser realmente política. En 1932 aceptó la presidencia del movimiento de Acción Popular de la Mujer. Desde este puesto abogó por la igualdad de los derechos de las mujeres y de las clases obreras, defendiendo, desde una óptica católica, la urgencia de un cambio social. Su condición de escritora le llevó a servirse de la palabra como vehículo principal en su lucha. Así, la preocupación por la situación de la mujer le llevó a escribir:

“A la mujer española, al señalarle el hogar, hay que señalarle enseguida, también, la calle. Porque si no…¡empieza un nuevo jersey! ¡Por favor, un ovillo de lana menos y una preocupación espiritual y social más” (Acción, 3 de octubre de 1935).

Papeleta electoral.
Archivo de Ignacia de Lara.
El Museo Canario

El papel que desempeñaba como presidenta de Acción Popular de la Mujer le llevó a postularse como candidata a diputada a las Cortes españolas en 1933. La campaña electoral no fue fácil para ella. Sufrió el rechazo de su propio partido en un momento en que la mayor parte de los candidatos eran hombres, llegando Acción popular a desestimar su candidatura. Finalmente, concurrió a las elecciones, si bien los escasos votos obtenidos le impidieron conseguir su objetivo.

A pesar de ese fracaso electoral, el papel desempeñado por Ignacia de Lara no puede ser despreciado. Tanto en el ámbito literario como el contexto político desarrolló una importante labor. Los documentos que conservamos en El Museo Canario revelan que podemos considerarla, en su contexto y con las limitaciones propias de su tiempo, como una mujer independiente y luchadora, válido precedente del actual empoderamiento femenino.

Plumín empleado por Ignacia de Lara. El Museo Canario.

La presencia de Ignacia de Lara, y en general de una mujer, en un cuadro de clasificación de fondos es todavía algo excepcional. Sin embargo, aunque aún hay mucho por lo que luchar, la situación de la mujer ha variado en los últimos cincuenta años, hecho que sin duda posibilitará que paulatinamente científicas, arquitectas, escritoras, historiadoras, pintoras o mujeres profesionales de cualquier otro ámbito del saber generen sus propias agrupaciones documentales. De este modo, pronto dejará de ser un hecho extraordinario que los nombres de mujer figuren como titulares de los fondos y colecciones conservados en nuestros archivos.


Si quieres conocer mejor la vida y la obra de Ignacia de Lara puedes consultar:

EGÜÉS OROZ, Mª Inmaculada: Ignacia de Lara : perfil biográfico, obra poética y obra en
prosa . Las Palmas de Gran Canaria : Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, 2004.


FE, María Dolores de la: Ignacia de Lara: esbozo de una personalidad desde la lejanía.
Las Palmas de Gran Canaria: El Museo Canario, D.L. 1980.


GONZÁLEZ PADRÓN, Antonio: Antología poética de Ignacia de Lara (1880‐1940). Las
Palmas de Gran Canaria: Real Sociedad Económica de Amigos del País, 1988.


 

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Papeles galdosianos. Benito Pérez Galdós en El Museo Canario

Benito Pérez Galdós
Victorio Macho (1914)

El 4 de enero de 1920 fallecía en Madrid Benito Pérez Galdós. Por lo tanto, 2020 será un año marcado por la conmemoración del centenario de la muerte del insigne literato. El escritor –nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1943–  es recordado por ser el autor de obras tan trascendentales para la historia de la literatura como Doña Perfecta (1876), Fortunata y Jacinta (1887), Tristana (1892) o Misericordia (1897), además de por ser autor de una veintena de obras de teatro y por haber publicado, entre 1873 y 1912, las no menos célebres 46 novelas que dan forma a los Episodios Nacionales.

El Museo Canario homenajea a este grancanario universal organizando el 23 de enero un recorrido documental con la finalidad de subrayar el indiscutible valor que posee su obra literaria, analizar su presencia documental en El Museo Canario, y poner en valor la documentación archivística, bibliográfica, hemerográfica y fotográfica, así como el material artístico, custodiados en la insitución relacionados con don Benito.

Manuscritos, publicaciones periódicas y material gráfico y artístico (fotografías, esculturas, pinturas y dibujos) generado o relacionado con el novelista, así como múltiples ejemplares de sus cuantiosas ediciones, han ido ingresando en El Museo Canario a través del tiempo, dando forma a una rica colección de documentos mediante la que pueden ser estudiadas y difundidas sus trayectorias personal y profesional. Sus años escolares en el Colegio de San Agustín –cuyo fondo documental también conservamos en El Museo Canario–, sus incipientes muestras de interés por la escritura –representada por interesantes manuscritos juveniles y artículos publicados en la prensa local–, su relación con su tierra natal –ejemplificada por el último viaje que emprendió a Canarias en 1894– y su magnífica aportación literaria en forma de novelas, dramas  y comedias, aunque sin olvidar su inclinación hacia las artes plásticas –interés este último especialmente identificado con el dibujo caricaturesco–, se convertirán en las líneas maestras a través de las que discurrirá nuestro itinerario documental.

La biblioteca de El Museo Canario reúne la práctica totalidad de las obras escritas por don Benito. A las ediciones príncipe de la mayoría de sus títulos, hay que sumar gran cantidad de reediciones realizadas no sólo en español sino también en francés, inglés, italiano, alemán o sueco. Estas traducciones, sin duda, no son más que un indicio del carácter universal que definió a nuestro escritor desde una fecha muy temprana.

Así, de una manera paulatina, a partir de numerosas adquisiciones y donaciones, se ha ido dando forma en El Museo Canario a una completa biblioteca galdosiana mediante la que puede ser rastreada la contribución de Galdós a la narrativa universal.

Por otro lado, en nuestra Sociedad Científica se conserva, formando parte de su archivo, un significativo segmento del epistolario de Pérez Galdós. Las 231 cartas autógrafas remitidas por don Benito a su editor, Miguel Honorio de la Cámara, “Don Prisco”, , constituyen el eje central de la colección archivística conservada en nuestra institución, puesto que, no en vano, suponen el 90 % del total de los documentos que la integran.

Las epístolas son portadoras de gran cantidad de información relacionada con el progreso y evolución de la escritura, corrección y edición de cada una de sus novelas. Asimismo, está en ellas presente el reflejo documental de los numerosos triunfos que celebró en el teatro, si bien, por otro lado, también tienen cabida cada uno de los fracasos que padeció sobre las tablas en su faceta como dramaturgo.

Álbum “Las Canarias” (ca. 1863)
Benito Pérez Galdós

Finalmente, Galdós puede ser considerado, tal como afirma Stephen Miller, un verdadero “narrador visual”. El dibujo y la pintura despertaron el interés del novelista desde fechas muy tempranas. Ya durante sus años escolares, los profesores del Colegio de San Agustín advirtieron una constante inclinación hacia las artes plásticas, afición que sería cultivada a lo largo de toda su vida, como lo demuestran los cinco álbumes de caricaturas que dibujó. De ellos, el titulado Las Canarias se conserva en El Museo Canario.

En definitiva, a través de seis capítulos documentales (Infancia y años escolares, Primeros escritos, Galdós y Canarias, Novela, Teatro y Dibujo), conoceremos un poco mejor el perfil personal y, ante todo, la trayectoria literaria descrita por Benito Pérez Galdós utilizando siempre los documentos conservados en El Museo Canario como hilo conductor básico. Si quieres conocer a Galdós a través de sus papeles no dudes en inscribirte en esta visita.

Ex libris diseñado por Arturo Mélida empleado en las obras de Galdós entre 1881 y 1897.


 

Si quieres conocer algo más sobre la documentación conservada en El Museo Canario sobre Benito Pérez Galdós, puedes acceder al documento del mes de enero de 2020, también dedicado al escritor (Planificación de la primera edición ilustrada de los Episodios Nacionales. Documento autógrafo por Benito Pérez Galdós)


 

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Navidad en el archivo… Navidad de papel

Aguinaldo de un repartidor de “Regeneración palmera”, 1926
(ES 35001 AMC/AP 04463)

Durante estos días será recibida en los dispositivos móviles una gran cantidad de textos, serios unos, anecdóticos otros, y caricaturescos memes alusivos a las fechas navideñas. Hoy todo –o casi todo– ha pasado a convertirse en una experiencia digital. Pero… ¿qué ha quedado de aquellas felicitaciones de papel que recibíamos por correo ordinario? Prácticamente nada. Sí, al igual que sucede con la correspondencia privada tradicional en soporte papel, forman parte de un pasado que ya nos parece remoto.

Sin embargo, en otros tiempos la felicitación escrita sobre papel –impresa o manuscrita– fue una práctica no sólo muy extendida, sino casi obligada. De una manera especial recordaremos hoy cómo, desde finales del siglo XIX y hasta mediados del XX, los grupos de profesionales vinculados a la vida diaria de las urbes solían felicitar a los ciudadanos por medio de breves textos rimados, que, en ocasiones, iban acompañados de una estampa cuya iconografía aludía al oficio del portador. Aunque todo parece indicar que fueron los carteros los que iniciaron esta costumbre, lo cierto es que con rapidez fue asumida también por otros colectivos laborales de diversa naturaleza y ocupación.

Aguinaldo de un repartidor de “El país”, 1896 (ES 35001 AMC/AP 04463)

A los carteros se sumaron, entre otros, los serenos, los bomberos, los policías, los repartidores de periódicos, los cocheros, los ordenanzas, los barrenderos, los maquinistas, los vigilantes, los guardias minucipales o los camareros. Cada uno de ellos repartía, al finalizar el mes de diciembre, su felicitación navideña en forma de poéticos sueltos impresos de los que, afortunadamente, se conserva una amplia colección en el Archivo de El Museo Canario. Tomaremos hoy como ejemplo de ello los papeles impresos de este tipo reunidos por el erudito palmero Antonino Pestana Rodríguez, cuya colección documental custodiamos en nuestra Sociedad Científica y está vinculada de una manera estrecha, en cuanto a sus contenidos, con la isla de La Palma (ES 35001 AMC/AP). A través de estas cuartillas podemos comprobar que esta práctica de felicitar la Navidad y el Año Nuevo a través de pequeños poemas estuvo muy extendida en Santa Cruz de La Palma, y también en las ciudades del resto del archipiélago. A pesar de que pudiera parecer que estos originales documentos poseían sólo un carácter anecdótico, a  través de ellos podemos descubrir una de las formas de relación personal que tenía la población en las urbes de antaño.

Ahora bien, no creamos que eran éstas unas felicitaciones desinteresadas. Los versos perseguían un claro objetivo: el aguinaldo. Así, los esforzados trabajadores los intercambiaban por una gratificación económica por los servicios prestados a los ciudadanos durante el año que terminaba. De hecho, en algunos de estos papeles encontramos anotada la cantidad con la que se debió de recompensar al trabajor su actividad durante todo el año.

Aguinaldo de los guardias municipales, 1923 (ES 35001 AMC/AP 04464)

Aguinaldo de un trabajador, 1896
(ES 35001 AMC/AP 04463)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Navidad la revivimos todos los años, pero no todo queda fijado en nuestro recuerdo. Afortunadamente, para refrescarnos la memoria contamos con la documentación conservada en los archivos. Aunque éstas en su momento fueron simples cuartillas, con el paso del tiempo los “aguinaldos” conservados en El Museo Canario se han convertido en los mudos testigos de unas costumbres ya perdidas.


 

 

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