Haciendo accesibles los documentos históricos: la transcripción

TranscripcionLa accesibilidad a los documentos conservados en los centros archivísticos es uno de los objetivos básicos que, sin vulnerar las restricciones establecidas por la ley, preside el trabajo en los archivos históricos. De este modo, la actividad de los archiveros se centra en la organización, clasificación, descripción y elaboración de instrumentos de descripción con la doble finalidad de controlar de manera responsable la documentación custodiada y de ofrecer a los usuarios herramientas a través de las que facilitar, y hacer lo más efectivo y rápido posible, el acceso a los documentos.

Sin embargo, no siempre estos instrumentos son suficientes:

  • En ocasiones el mal estado de conservación del documento original recomienda retirarlo de la consulta. Por todos es sabido que el paso del tiempo y la manipulación constante de los expedientes, así como la acción de otros agentes externos (humedad, polvo, luz, etc.) e internos (tintas), son causas que contribuyen a su deterioro. En este sentido, la digitalización puede ser una solución efectiva, si bien, en muchos casos es preciso emprender previamente tareas de restauración que obligan a sacar de la circulación los documentos durante meses o años.
  • En otros momentos, la grafía, el tipo de escritura empleada, puede constituir un obstáculo difícil de solventar para muchos usuarios. Esta contrariedad se acentúa cuando tratamos de acceder a documentos de los siglos XV, XVI y XVII, en los que por regla general es necesario contar con conocimientos paleográficos para entender e interpretar, por ejemplo, las muchas veces enrevesadas letras cortesana y  procesal.

Estas dos circunstancias –deterioro y difícil comprensión de lo escrito– se dan en numerosas ocasiones. Tal es el caso de dos documentos de gran interés conservados en El Museo Canario: el Libro 1 de Genealogías del Santo Oficio de Canarias y el Libro de fábrica de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe (Teguise, Lanzarote).

Libro 1 de genealogías (siglo XVI). Inquisición de Canarias.

El Libro 1 de Genealogías del Santo Oficio de Canarias (ES 35001 AMC/INQ-CLII.1), constituye una tipología documental muy poco habitual en el resto de los tribunales de distrito inquisitoriales, excepcionalidad que ya en sí misma concede un gran valor y especificidad a este volumen manuscrito. En cuanto al contenido, a lo largo de sus más de 400 folios, presenta interesantes datos referidos a relaciones genealógicas y de parentesco, recogidos por el Tribunal a partir de las declaraciones realizadas por un nutrido grupo de población durante las primeras décadas del siglo XVI. En este caso es la dificultad del tipo de escritura, y en menor medida su estado de conservación, el mayor obstáculo que es necesario salvar para su completa comprensión.

Libro de fábrica. Iglesia parroquial de Teguise (Lanzarote).

El Libro de fábrica de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe (Teguise, Lanzarote), generado entre 1634 y 1744 y conservado también en El Museo Canario, forma parte del Archivo personal de José Miguel Alzola. Sus más de 550 folios manuscritos ofrecen una valiosa información, no sólo sobre la construcción y estado de las cuentas de la parroquia, sino sobre el devenir histórico de Lanzarote a nivel general. Su fragilidad, causada por la acción de la humedad directa y la corrosión de las tintas de escritura, recomienda su retirada de la consulta hasta que sea intervenido por profesionales de la restauración expertos en documentos y obra gráfica.

Pero…¿cómo podemos acceder entonces a estos documentos?  Uno de los medios idóneos para difundirlos lo encontramos en las transcripciones. Transcribir consiste en copiar un escrito original en el mismo o en otro sistema de escritura. Teniendo en cuenta las dificultades que entraña la lectura y comprensión de textos redactados a lo largo de la Edad Moderna, en los que se empleaban otras formas gráficas de escribir -cortesana y procesal de manera preferente-, las transcripciones posibilitan la compresión de lo escrito, facilitando la difusión de la información contenida y haciendo accesible a un público más amplio el documento en sí mismo.

El historiador Fernando Bruquetas de Castro en El Museo Canario.

En este sentido, en el Museo Canario estamos de enhorabuena. El catedrático de Historia Moderna (EU) por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y socio de esta Sociedad Científica, don Fernando Bruquetas de Castro, ha realizado, además de numerosostrabajos de investigación, las transcripciones de los dos voluminosos libros antes citados conservados en nuestro archivo. Durante el último año, de una manera paciente y enfrentándose a la dificultades que entrañan las complejas grafías y las lagunas textuales ocasionadas por el deterioro antes referido, el investigador y experto paleógrafo ha transcrito los dos históricos tomos completos, poniendo el resultado de su trabajo a disposición de todos los usuarios en nuestro Centro de documentación. Es ésta una muestra de generosidad poco habitual, razón por la que agradecemos encarecidamente al sr. Bruquetas este acto de desprendimiento, puesto que estamos seguros de que estas transcripciones ayudarán mucho a otros en sus investigaciones.

Desde aquí invitamos a todos los interesados a acceder a través de este nuevo instrumento a la información contenida en estos manuscritos. No pierdas la oportunidad de conocer un poco mejor la historia de Canarias.

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Difundiendo el archivo de la Inquisición de Canarias

Edicto inquisitorial (siglo XVI)

Edictos, procesos, visitas de navíos, reducciones, informaciones de limpieza de sangre, libros prohibidos… El Santo Oficio, a lo largo de su desarrollo histórico, puso en marcha diversos procedimientos a través de los que hizo efectiva su lucha contra la herejía, ejerciendo desde el siglo XVI un férreo control sobre todos los ámbitos de la vida de la población canaria.

Cada uno de esos procedimientos tenía un reflejo documental en forma de expediente. Esos documentos, reunidos y organizados con esmero por los ministros de la Inquisición, dieron forma en Canarias a uno de los archivos inquisitoriales más importantes de toda la geografía hispana. En efecto, el fondo documental generado por el Santo Oficio canario entre los siglos XVI y XIX, y que conservamos en El Museo Canario desde principios del siglo XX, puede ser considerado uno de los más completos y mejor conservados de los producidos por los distritos inquisitoriales en España.

Este archivo ha centrado toda la atención durante la última semana a raíz de la visita organizada por el Cabildo de Gran Canaria, con la colaboración de El Museo Canario, los días 3 y 8 de noviembre. Bajo el título “Las víctimas del Santo Oficio” fue diseñado un recorrido por el barrio de Vegueta (Las Palmas de Gran Canaria) que partió de la Plaza de Santa Ana y concluyó ante el templo de Santo Domingo. Dicho trayecto  tuvo en nuestra Sociedad Científica una parada obligada con la finalidad de conocer un poco mejor todos esos documentos sobre los que quedó escrita la memoria de las más de 2000 víctimas que fueron sentadas en el banquillo de los acusados por la justicia inquisitorial.

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Primer libro de relajados (Siglo XVI)

Los participantes en esta visita tuvieron la oportunidad de aproximarse y contemplar una selección de los documentos esenciales generados por la Inquisición de Canarias a lo largo del tiempo. Fueron las causas de fe las que despertaron un mayor interés, ya que, no en vano, puede ser considerada una de las secciones más importantes del archivo. Porque si de víctimas hablamos, no cabe la menor duda de que los procesados fueron los máximos damnificados. Ya fueran penitenciados, reconciliados o relajados, los encausados debieron hacer frente a terribles penas que tuvieron en la quema en la hoguera su límite más extremo. En este sentido, entre los papeles conservados en El Museo Canario se conservan dos libros de quemados o relajados en los que fueron recogidos los procesos conocidos por el tribunal contra las 10 personas que fueron condenadas a la pena capital por el tribunal canario. No obstante, la gran mayoría de las sentencias fueron algo más benévolas, constituyendo la penitencia -con más de 1000 procesados- la más habitualmente impuesta.

Sin embargo, los procesos de fe no fueron los únicos procedimientos puestos en marcha por la Inquisición. La necesidad de ejercer un control efectivo sobre todos los ámbitos de la vida, les llevó a poner en práctica otro tipo de actividades no procesales. Así, la entrada a través de los puertos canarios de personas, libros e imágenes poco ortodoxas fue controlada mediante las “visitas de navíos”; la condición de cristiano viejo tenía en las “informaciones de limpieza de sangre” el método más efectivo para probarla; las nuevas ideas políticas y religiosas tenían en la censura, expurgo y prohibición de libros y manuscritos un aliado de excepción.

En definitiva, a través de esta visita, y tomando como intermediarios los documentos inquisitoriales conservados en El Museo Canario, pudimos conocer un poco mejor la intolerancia y la represión  que definió uno de los episodios más crueles, pero, al mismo tiempo más interesantes,  que han jalonado nuestra historia.

Si quieres conocer mejor los documentos de la Inquisición de Canarias tienes a tu disposición los registros descriptivos de más de 5000 unidades documentales en el buscador alojado en el sitio web de El Museo Canario.

Asimismo, no dejes de perder la ocasión de visitar nuestro archivo. Informaremos puntualmente de las próximas visitas que organicemos. ¡No te la pierdas!

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100 años de la Escuela Luján Pérez (II): Reglas provisionales por la que debe regirse la Escuela

Siguiendo con la conmemoración del centenario de la puesta en marcha de la Escuela Luján Pérez (1918-2018), nos detenemos hoy en un díptico en el que fue inserto el plan por el que debía regirse el centro artístico en su primer año de andadura. Es éste un impreso de gran valor documental conservado en el archivo de El Museo Canario formando parte de la Colección Domingo Doreste “fray Lesco”.

En el díptico, impreso en 1917, fueron plasmadas las bases fundamentales sobre las que se sustentó la organización de la Escuela durante aquellos momentos en los que iniciaba su andadura. Teniendo en cuenta que, tal como nos informó Juan Rodríguez Doreste en su estudio sobre la Escuela (Revista El Museo Canario, N. 75-76, 1960), gran parte de la masa documental generada por el centro docente en estos años desapareció en un incendio, los datos que nos ofrece este suelto impreso son de un valor extraordinario.

A través de este excepcional testimonio documental, conocemos cuáles fueron las asignaturas impartidas en el curso inaugural: dibujo lineal y geométrico, dibujo artístico y modelado. Desde entonces, estas tres materias se considerarían fundamentales en la formación de los alumnos y, de hecho, se mantendrían de manera permanente en los programas de estudios sucesivos. Asimismo, no hay que olvidar que ya en “Los decoradores del mañana” -artículo programático publicado en el periódico “La mañana” (5 de junio de 1917)-, Doreste defendió la creación de un “…taller de dibujo y modelado…” a través del cual los alumnos obtuvieran un “…progreso sorprendente…”. Sin embargo, es preciso subrayar que frente al carácter alterno de las asignaturas de dibujo, el hecho de que las de modelado fueran diarias, revela una cierta vocación hacia la expresión escultórica por parte de los organizadores del nuevo centro artístico. De hecho, con posterioridad la talla en madera se convertiría en una de las expresiones plásticas más relevantes en el Centro.Por otro lado, a tenor de lo que se indica en el impreso del que nos ocupamos, los alumnos eran casi unos niños cuando ingresaban en la Escuela, ya que podían acceder a partir de los 12 años. La costumbre de matricularse a una temprana edad va a ser una constante a lo largo del tiempo. Algunos de los artistas más célebres de la primera época de la Escuela, cuando su sede se hallaba en la calle García Tello (Las Palmas de Gran Canaria), formalizarían su matrícula al comienzo de la adolescencia. Así, Eduardo Gregorio (1903-1974) y Plácido Fleitas (1915-1972) se inscribirían con 14 años;  Felo Monzón (1910-1989) comenzaría sus estudios a los 15; mientras que, Jorge Oramas (1911-1935) y Jesús González Arencibia (1910-1993) lo harían, a una edad algo más avanzada, cuando contaban con 18 y 19 años respectivamente. Pero, sin duda, Emilio Padrón (1917-1992) -que con el paso del tiempo se convertiría en profesor de talla en madera-, al convertirse en alumno a los 12 años, fue uno de los que entró a la edad más temprana. Como podemos comprobar, según las reglas insertas en este díptico, era esa -12 años-,  la edad mínima para poder comenzar los estudios en la Escuela.

Finalmente, el resto de las normas establecidas estaban relacionadas con el fomento de la responsabilidad entre los alumnos. La puntualidad, la compostura, el silencio, el respeto y la obligatoria asistencia se convirtieron en los valores fundamentales a potenciar entre aquellos jóvenes artistas en ciernes. En esta misma línea fue desarrollada la última regla: la cuota. Pagar por asistir a la escuela se convirtió, además de en una fuente de ingresos para una institución que siempre padeció problemas económicos, en un método pedagógico mediante el cual los alumnos aprendían a respetar a sus profesores. No se trataba de un juego, sino de aprender los rudimentos del arte. El proceso de enseñanza-aprendizaje había que tomárselo en serio y el establecimiento de una cuota fue una manera de que los alumnos valoraran de manera adecuada tanto su trabajo como el de sus profesores y apreciaran, en su justa medida, la oportunidad que se les brindaba de convertirse en verdaderos artistas.

Nos hallamos ante un documento muy breve, pero no por ello carente de interés. Como hemos apuntado con anterioridad, el hecho de que no se cuente con gran cantidad de información con la que reconstruir la etapa fundacional de la Escuela, convierte a este díptico en una fuente de gran valor para la reconstrucción de los primeros años de andadura de la centenaria institución.


 

Otras entradas sobre la Escuela Luján Pérez: 100 años de la Escuela Luján Pérez (I): primer libro de contabilidad.


 

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Documento del mes de junio: Justificación de matrimonio (Siglo XVIII)

Inscrita en el programa La Pieza del Mes correspondiente al año 2018, presentamos este mes de junio un expediente de “Justificación de matrimonio”, generado en el siglo XVIII,  que conservamos en el Archivo de El Museo Canario formando parte del Fondo documental Inquisición de Canarias.

Justificación de matrimonio-El Museo Canario

A través de este documento puede ser constatado uno de los efectos que produjo en Canarias la emigración a América  durante la Edad Moderna.

Así, en el siglo XVIII los hombres solían ser los primeros en emprender la aventura americana, quedando sus mujeres y familias en las islas a la espera de que se dieran las condiciones económicas adecuadas para que se reunificara el grupo familiar. Sin embargo, este reencuentro no siempre se producía, iniciando los maridos en muchas ocasiones una nueva vida en América. Esa nueva vida llevaba aparejada un nuevo matrimonio, incurriendo en un delito de bigamia y quedando las primeras esposas abandonadas en el archipiélago.

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El libro, cimiento de la civilización

“El libro es el cimiento de la civilización”. Esta contundente afirmación fue formulada en 1893 por Francisco Cabrera Rodríguez, bibliotecario de El Museo Canario. Sí… han leído bien: hace 125 años, aquel maestro de “primeras letras” que era, a su vez, responsable de la biblioteca de la Sociedad Científica, concebía el libro como el motor del progreso, sosteniendo, además, que las bibliotecas podían considerarse “…el más precioso comprobante de la cultura de un pueblo”. Sin duda, estas palabras hoy deberíamos hacerlas nuestras y revitalizarlas, sobre todo si tenemos en cuenta que, según las últimas estadísticas bibliotecarias –correspondientes a 2016–, Canarias se sitúa a la cola del Estado en cuanto al aprovechamiento de estos servicios. Confiamos en que la próxima entrada en vigor de la nueva Ley de Bibliotecas de Canarias contribuya a paliar esta desfavorable situación.

Pero hoy, proponemos celebrar el Día Internacional del Libro bajo el signo del optimismo recordando a uno de los hombres que más contribuyó, en el tránsito del siglo XIX al XX, tanto a la organización y crecimiento de la biblioteca de El Museo Canario, como a la difusión del libro en la capital grancanaria. Porque no hay que olvidar que la biblioteca de El Museo Canario, a pesar de su naturaleza privada, siempre ha tenido una vocación pública. Esta orientación aperturista tuvo en Francisco Cabrera uno de sus máximos defensores. Sólo abriendo las puertas de las bibliotecas podía divulgarse la lectura. Sólo de esta forma todos, sin distinción, podrían tener acceso a la cultura.

Biblioteca de El Museo Canario (ES 35001 AMC-CFH-001074)

El maestro Francisco Cabrera Rodríguez comenzó su relación con El Museo Canario a los pocos meses de su fundación. Así, en 1880 ya figura como socio, llegando a ser considerado, por la temprana fecha de su adhesión, uno de los fundadores de la institución. Siete años después ingresó en la junta directiva, primero como vocal (1887-1892) y, a partir de 1893, ocupando de manera oficial el puesto directivo de bibliotecario, ocupación en la que se mantuvo de manera inamovible hasta el momento de su fallecimiento, acaecido en abril de 1912. Durante los 19 años que permaneció al frente de la biblioteca del museo confeccionó uno de sus primeros inventarios bibliográficos. Éste en 1893 contaba con 2.245 registros, pasando en 1900, bajo su tutela, a alcanzar los 7.000. Pero también fue el responsable de la redacción entre 1901 y 1902 del inventario de la biblioteca de Gregorio Chil y Naranjo, realizado tras el fallecimiento del que fuera fundador y primer director de la Sociedad Científica. En este último repertorio fueron relacionados 7.500 volúmenes, libros que pasaron a engrosar la colección institucional. De este modo, al iniciarse el siglo XX, la biblioteca de El Museo Canario estaba integrada por casi 15.000 ejemplares, obras que quedaron a disposición de toda la población. Porque, como ya hemos señalado, desde su fundación –y hasta el momento presente–, fue ésta una biblioteca abierta a toda la ciudadanía, contribuyendo así el museo a difundir la lectura y la cultura en una época en la que, no hay que olvidarlo, no abundaba este tipo de servicios.

Pero su trabajo al frente de la biblioteca no sólo está relacionado con su crecimiento. La correcta instalación de los libros se convirtió en uno de sus objetivos. A pesar de que no contaba con formación bibliotecaria específica, pronto supo comprender que para tener una verdadera biblioteca no bastaba con reunir, sino que era necesario contar con un local adecuado en el que los libros pudieran ser debidamente organizados y conservados. A esa tarea dedicó parte su tiempo, adecuando el antiguo salón-biblioteca de la antigua vivienda del dr. Chil para su nuevo uso como biblioteca de la Sociedad.

No podemos concluir estas breves pinceladas sobre el trabajo desarrollado por Cabrera Rodríguez –cuyo nombre titula uno de los espacios bibliotecarios de El Museo Canario-, sin transcribir el párrafo final de la memoria que presentó a la junta directiva de el museo en mayo de 1893. En este fragmento se puede apreciar, mejor que a través de cualquier documentada interpretación, su temprana sensibilidad hacia el mundo del libro y las bibliotecas, su deseo de divulgar la cultura y su convencimiento de la necesidad de potenciar la lectura:

“Una buena biblioteca es uno de los principales elementos de la instrucción del pueblo en nuestros días y acaso el que contribuye más eficazmente a la propagación de los conocimientos humanos. Si la Biblioteca es el depósito sagrado de la civilización, como el periódico es el propagador constante de las ideas; si contamos con un crecido número de obras, folletos y escritos debidos a la generosidad e ilustración de verdaderos patricios, hora es que los amigos y amantes del progreso literario comiencen con mayor entusiasmo y perseverancia la gran lucha por la idea. Hora es ya de desplegar la bandera literaria convencidos de que el libro es el cimiento de la civilización, la vida de los pueblos, la mejora de la Sociedad y el porvenir de la patria. Trabajamos porque nuestra clase obrera abra los brazos al libro redentor: trabajamos para que adquieran hábitos de pensar y de leer a fin de que pueda darse cuenta de su destino; porque pretender prodigios de venturas y mágicos frutos de bienestar; pretender perfeccionamiento y riquezas y poderío y grandezas pensando tan solo en el progreso material, olvidando el intelectual y moral y dejándola sumida en la ignorancia para que sea juguete de los más osados, es dejar que se desarrollen las pasiones populares que tarde o temprano no podrán menos de producir espantosas catástrofes. En una palabra, trabajemos para que nadie al visitar nuestra populosa y queridísima ciudad se marche entristecido, exclamando: ¡Aquí no hay Biblioteca!”

Ha transcurrido más de un siglo desde que fue escrito este texto. Hoy, con toda probabilidad Francisco Cabrera nos felicitaría porque, afortunadamente, en Las Palmas de Gran Canaria ¡hay bibliotecas! En efecto, una parte del camino está ya recorrido. Ahora hay que trabajar para que este valioso recurso de sus frutos, y para que aquella negativa estadística con la que iniciábamos este texto sea felizmente transformada y el libro continúe siendo “…el cimiento de la civilización…”, ya sea como sólida base de papel o como intangible código disuelto en el espacio digital.


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Cines de papel en El Museo Canario

El archivo de El Museo Canario se ha visto incrementado con la incorporación de una agrupación de documentos integrada por más de 600 sueltos impresos publicitarios de carácter cinematográfico. Este singular conjunto, donado por Josefina y María de los Ángeles Domínguez Mujica,  constituye una fuente de indiscutible valor para el estudio de la exhibición cinematográfica en Gran Canaria, y de manera especial en el municipio capitalino de la isla.

A través de estos sueltos podemos rememorar una forma de ver cine ya perdida. Hoy, que estamos acostumbrados a las multisalas, los cinematógrafos de pantalla única ya forman parte de un pasado que, aunque cercano, es desconocido por las nuevas generaciones. Al cierre de estos verdaderos “templos oscuros” –tal como los denominó el profesor Álvaro Ruíz–, le sucedió en muchos casos su demolición. Así, cines tan emblemáticos como el Teatro-Circo del Puerto, o los cines Avenida (antiguo Hollywood), Cairasco, Plaza o Royal, entre otos,  han desaparecido de nuestro entorno urbano; mientras que algunos, como el Capitol, Litoral, Los Ángeles o Scala, han permanecido reconvertidos en establecimientos dedicados a otros usos como supermercados, salas de bingo, colegios, viviendas u oficinas. Por esta razón, en la actualidad nuestras ciudades y pueblos se han quedado sin unos espacios para el ocio que durante décadas animaron la vida de los ciudadanos. Caso aparte lo constituyen aquellos que, por fortuna, han sobrevivido transformados en teatros como sucede en Las Palmas de Gran Canaria con los cines Cuyás y Avellaneda, actuales Teatros Cuyás y Guiniguada; o en Santa Brígida y Sardina de Sur, entre otros, con sus antiguos cines hoy transformados en espacios culturales para el disfrute de todos.

Pero volvamos al pasado. Entre las décadas de 1940 y 1970, etapa de verdadero esplendor de los cines de pantalla única, el estreno o restreno de alguna película, venía acompañado –tal como sigue sucediendo en la actualidad–, de una serie de elementos que servían como medio de propaganda y difusión de las proyecciones. Hoy estamos acostumbrados a grandes troquelados que a modo de photocall están instalados en los pasillos y vestíbulos de los multicines; o a anuncios de gran formato que ocupan vitrinas en marquesinas de paradas de guaguas. Pero en aquellas décadas doradas del séptimo arte, eran las fachadas de los cines las que se ornaban con grandes murales alusivos a las películas, convirtiéndose las ciudades en verdaderos escenarios fílmicos. Asimismo, también eran distribuidos unos sueltos  de pequeño tamaño que, en ocasiones, adquirían formatos caprichosos con los que se pretendía atraer la atención de los aficionados a las taquillas de los cines. Esos sueltos presentaban impresos en una cara la imagen alusiva a la película anunciada y el dorso quedaba habitualmente en blanco para que fueran los empresarios de los cines receptores los encargados de personalizarlos, añadiendo sus logotipos, nombres de los locales de exhibición e incluso dibujos de sus fachadas.

En este último sentido, es muy interesante cómo esas trazas de los paramentos se convierten en una fuente de gran valor para reconstruir la historia y el aspecto que tenían en su origen los ahora derruidos inmuebles. Es el caso del Cine Cairasco, cuya fachada -ya inexistente- ha quedado para la historia impresa en el dorso de uno de estos sueltos.

En definitiva, estos impresos publicitarios ahora recibidos en El Museo Canario –que se complementan con los que integran otra de las colecciones preexistente en nuestro archivo– se convierten en una fuente de gran interés tanto para la historia del cine como para restaurar la memoria de la arquitectura del espectáculo.


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Documento del mes de febrero: carta de dote (Siglo XVII)

Inscrita en el programa La Pieza del Mes correspondiente al año 2018, presentamos este mes de febrero una carta de dote que conservamos en el archivo de El Museo Canario otorgada en el siglo XVII ante el escribano José García.

A través de este documento podemos acercarnos al papel que la mujer desempeñó durante la Edad Moderna. En un contexto de prevalencia masculina, la mujer tenía un rol marcado por la sumisión, el sometimiento, la obediencia y la subordinación al hombre, categorías que tienen su expresión más evidente en la limitada capacidad de obrar y la obligatoriedad de la licencia marital para la mujer casada, o en la nula participación de la joven soltera en un acto tan relevante para ella como su propio matrimonio.


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